Con la cabeza en FC, el corazón junto a Bones y un píe aún en el avión, me enfrento de nuevo a las carreteras colombianas; un fugaz encuentro con los compas de pregrado para actualizar el cuaderno de las historias cada vez más disimiles, de las distancias cada vez más grandes.
De nuevo en la caótica terminal de transportes de Bogotá y las cuatro horas hasta la Dorada se convierten en 6, 2 más de sol esperando el bus a Samaná y directo a esas carreteras hechas trocha de las que he hablado, carreteras rodeadas de un bosque tan espeso que al mirar hacia atrás han desaparecido bajo su sombra.
Samaná, Victoria, Marquetalia y Norcasia son el destino al que vuelvo, pero que en esta ocasión habría de recorrer vereda a vereda en inagotables jornadas en motocicleta, por carreteras propicias para el motocross.
Una semana recorriendo montañas repletas de café, plátano, caña, potreros y bosques en busca de cascadas, charcos, miradores y fincas que sirvan de atractivos; vestido con jean, camiseta, poncho y con morral en la espalda, bajo un constante sol que a 32C me recordó los -21C de Fort Collins hace apenas unos días; cambiando de guías y de moto, de municipio y de vereda, de retén en reten, con el miedo que produce el saber que por estas mismas carreteras hace días atracaron hasta el alcalde, vuelvo a mi afición de entomofotógrafo, encuentro insectos rojos, gusanos dragones y hasta un gusano con barbas de indio, poco a poco armo la exposición que de cada viaje quiero regalarle a Bones.
Justo cuando llego a Norcasia, el pequeño pueblo de arquitectura neoduitamense sin nadita que mostrar, reinan los 35C, mi corazón junto a Bones manda el pálpito y el IPhone dice que está muy frío en FC, mensajes van y vienen para decirme que está a -26C, lástima grande, la tecnología no da para mandarle un poquito de sol de este trópico.
Terminados los recorridos, terminados los talleres es el tiempo de volver a la fría Bogotá, 10 horas de viaje para que casi a media noche.