
Tan sólo tres días de paso por Bogotá, tiempo muy corto para despedirse de Miss Bones que como yo, sale hacia el sur, aunque mucho más lejos. San Andrés extremo norte se queda atrás, el destino es la última colita sur de Colombia.
He venido varias veces al Amazonas, siempre es diferente, la cámara nueva de poco sirve cuando las nubes ocultan el tapete de selva que parece cubrir medio país. Jacky la nueva compañera de trabajo me espera en el aeropuerto de Leticia, "Hola F, esa pinta de turista no te la quita nadie"...
Un inesperado día en Leticia pues como se esperaba no había rápido a Puerto Nariño, almuerzo con gamitana da píe para ver a la paisa del avión, que vería más tarde en el hotel y luego en Tabatinga, cuando me pegué la voladita a Brasil para sentir que estaba más cerca de Miss Bones y de paso comprarme la chancla. Breve paso a Varsea que cada vez está peor, allí convencí a Jacky de comer mojojoy, del que por supuesto yo no comí.
Ya en camino hacia Puerto Nariño, el Río está más seco que nunca, nuevamente su imponencia de esas orillas lejanas en el horizonte, desembarcamos y directo al trabajo. Una que otra abuela conocida, ticunas y yaguas que más tarde me enteraría no hablan bien español... La jornada de 2.5 horas se extiende a día y medio.

Al tercer día en la tarde tomamos el Loretoyacu hacia arriba rumbo a San Juan de Socó, la fobia al agua reaparece mientras los pescadores en sus canoas se ven a lado y lado, lo mismo los lavaderos flotantes en los que se reúnen las familias y los niños juegan.

Entrada la tarde llegamos, la amenaza de lluvia cambia los planes, reunión nocturna y nos quedamos en las cabañas sin energía ni agua en las que somos los primeros huéspedes en 8 años. 5:45 am la costumbre me despierta para dejarme ver la niebla que se mezcla con la selva mientras el río parece terminar justo donde nace el sol... la nueva Nikon empieza a sentirse.

Regresamos a Puerto, un baño y cambio de ropa para dirigirnos ahora a Siete de Agosto, ya sólo somos 4 en la lancha y José pasó de consultor asesor a motorista; a medida que subimos (río Amazonas) la selva es más selva, los potreros y cultivos que abundan cerca a Leticia van desapareciendo en estas y lejanías. Un cielo azul en el que las nubes parecen palomitas de maíz y luego bolas de algodón es inclemente con esta piel blanca, después de dos horas se divisa el Atacuari, con un cielo gris que obliga a guardar las cámaras. Sus aguas negras de una hebra de 100m de ancho se mezclan con el inmenso amarillo del Amazonas, allí en medio de la espesa selva aparece un pequeño poblado, madera y techos en palma que se pierden en el paisaje, a unos 600 metros otro pequeño grupo de casas, también de madera pero de arquitectura diferente.
El profe nos recibe con un vaso de chicha a cada uno, hay fiesta por la clausura de la escuela así que escuchamos música peruana; almuerzo rápido y recorremos esta especie de villa, los cocamas y yaguas, dos etnias diferentes conviven con 600m de distancia.
Las aguas bajas le dan un tinte diferente al sitio, dice el profe que cuando las aguas suben el pueblo se transforma, los senderos por los que hoy camino, el puente que cruzo sobre una pequeña quebrada, la cancha, las chagras, todo se inunda y las canoas que hoy están enterradas sirven para ir al vecino o a la tienda.

Una rápida visita a los artesanos cocamas, que preciso no están y de sus obras sólo vemos un delfín rosado, un manatí, un pirarucu y una anaconda en forma de canoas que se han dañado con el agua.
De regreso a la escuela una niña hace las veces de madre sustituta de un diminuto mono nocturno y uno diciendo que los animales silvestres no se deben exhibir...
Seguimos a donde los yaguas, Jacky se adelanta tratando de ver los escurridizos delfines mientras un grupo de niños me pone sobre el hombro una especie de bicho que mis profundos conocimientos de taxonomía animal propia de diseñador no me permitieron determinar (lagarto, lagartija camaleón jummm).
Los casas yaguas son diferentes, todas tienen techo en palma, palma tejida de manera diferente a las de los cocama, justo aquí en este último rincón de Colombia, a la orilla del Atacuari, más cerca de Perú que está al otro lado del río, aquí justo aquí, en este metro cuadrado donde me paro a tomar fotos llega la señal de celular para recordarme que debo escribir un libro y preparar mi viaje a Huila de la semana entrante.

Por fortuna la señal se cae y con ella las preocupaciones, los niños se acercan y nos tomamos fotos, les digo que se junten, que miren la cámara, ninguno hace caso, sólo hablan su lengua, una imagen dice más que mil palabras así que la pantalla de la cámara es el punto de comunicación. De regreso tres mascotas de una familia comparten el espacio bajo la casa, el perro, el cerdo y el mico toman su siesta armónicamente.
El viajes es de trabajo así que regresamos a reunión, el ruido de la planta dificulta la charla, se acaba la reunión y continua todo el pueblo en la sala, me asomo a ver porqué y resulta que entre todos hacen vaca para comprar la gasolina para la planta con la que pueden encender el televisor y ver "Oye bonita", Pablo Lacerna estaría feliz con el éxito de su novela que se ve de punta a punta del país...literalmente.

Una noche más sin agua y sin energía, la verdad no hacen falta, existe en la selva una especie de ruido silencio que arrulla...no se asusten por el ruido en el techo dice José, es una rata no más.
Es el día de regreso, baño a totumadas, los delfines como su nombre lo indica solo se dejan ver al fin, salimos del Siete, casi dos horas hasta Puerto donde apenas alcanzamos a empacar, dos horas más hasta Leticia, donde apenas alcanzamos a almorzar, la fila en el aeropuerto donde me encuentro con la misma paisa. Dos horas más en avión y ya en mi casa en Bogotá.
Ya con más calma pienso en mi trabajo, en los indígenas hablando de turismo y sin turistas, a los blancos que los "asesoramos" hablándoles de planear cuando ellos no planean, no como nosotros; pensando, en qué momento les llegó el primer visitante y les cambió la vida, en qué momento esos collares y manillas dejaron de ser suyas para convertirse en souvenirs... recordando al profe cuando nos dijo: "un gringo llegó queriendo conocer a los yaguas y al ver nuestra comunidad dijo estos no son yaguas, quiero yaguas sin civilizar, así que lo llevamos Atacuari arriba tres días, el gringo llegó feliz, vio yaguas yaguas y de paso nosotros porque le cobramos los $10.000 diarios por acompañarlo"... y yo hablando de turismo sostenible...
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