viernes, 12 de febrero de 2016

A Julio

Más de 20 años han pasado de aquellos primeros semestres de diseño, yo andaba por los 17 y Julio debía andar por los 20, no tengo la certeza, siempre mentía sobre su edad. Veníamos de mundos opuestos, en la época de la serie Los Victorinos, Julio era vecino del Victorino rico, Ricardo del Victorino pobre, José y yo del Victorino clase media. Julio bisnieto de presidentes de la república, nieto de ministro, ahijado de director de campaña presidencial, quinta o sexta generación de profesionales, yo nieto de campesinos, primera generación de profesionales. Fiel reflejo de la diversidad que permitía la Universidad Nacional de Colombia.

Julio se haría el célebre Capitan Lija durante primer semestre cuando en ropa interior, camiseta y capa, tomó una máquina lijadora e hizo un performance en la cafetería de Artes, como resultado de un ejercicio de clase. Mientras la profesora Clara no ahorraba elogios para Julio, para mi no ahorraba críticas. 

No fui su amigo desde los primeros semestres, sería a mediados de la carrera cuando le propuso una sociedad a José Luis y él al no poder me recomendó, que empezaríamos a trabajar juntos. Desde que lo conocí, Julio siempre fue emprendedor, vivía montando negocios que iban desde la elaboración de artesanías hasta restaurantes. 

Fuimos socios en varias empresas, con él aprendí a sacar costos de un producto, a pagar salarios, a forjar hierro... Compartimos casi cuatro años de negocios, recuerdo las tardes calculando cuánto pagarles a los empleados para que se sintieran bien, nos alcanzara para pagarles salud y pensión, pues no nos preocupaba tanto lo que fuésemos a ganar. 
Recuerdo que arrendamos una bodega en Suba, le dimos empleo a jóvenes exconvictos, raperos callejeros, y a todos ellos a quienes nadie les ofrecía oportunidades. Más tarde algunos de los empleados nos secuestraban unas máquinas y nos cobrarían dinero por recuperarlas... igual continuamos, en los diciembres aparte de la prima les dábamos regalos a los empleados... cosas que se le ocurrían a Julio.

Trabajábamos los siete días de la semana, los domingos el plan de desparche era salir a comer a un buen sitio luego de vender durante todo el día, de Julio aprendí lo importante de darse esos placeres. Con Julio viajábamos en motocicleta por el país, a él le debo mi odio por estas, después de aquel accidente a 150km/hora cuando él borracho se salió de la carretera y nos chocamos con un barranco, ese día Julio cambió su rostros pues se partió todos los huesos de la cara, yo descubrí mi ascendencia negra por una herida grande que me dejó un queloide.

Pero eran los 90 y nosotros muy jóvenes. A pesar de que estudiábamos en la facultad de artes, el solo hecho de que los hombres lleváramos el pelo largo era ya causa de discriminación. No existía la palabra matoneo, era "montarla", la homosexualidad y bisexualidad seguían siendo tabúes y pecados, pobre de aquellos que se delataran como homosexuales porque la montada era horrorosa.

Desde antes de hacernos amigos, ya sabía que Julio era bisexual, por los chismes y la montada de la época. Aunque nunca discriminé a los homosexuales, ser amigo de Julio me mostró la dureza del mundo al que se enfrentaban, desde esa época supe que no se requiere entender o ponerse en los zapatos del otro para respetarlo, para respetar la diferencia. Nuestra amistad llevaría a que lo viera en su paulatina transición de bisexual a homosexual, como amigo me contaba sus tristezas, alegrías y locuras, supe de su extensa lista de parejas en tan poco tiempo.

Supe también de su vida y de sus depresiones, Julio me llevó por el camino del existencialismo. Recuerdo que varias veces me dijo que le avisara a sus padres que los amaba porque se suicidaría. Me acuerdo de la respuesta de la madre después de que se lo dije por segunda vez, "esa es su forma de llamar la atención, si lo fuera a hacer nunca avisaría". Mucho tiempo después entendí que siempre fue un incomprendido por la gente que lo rodeaba... A Julio le debo entender todos los chistes sobre Prozac y la descompensación de litio, también el que yo rechazara años después un tratamiento de ese tipo. 

Sin embargo, las cosas cambiaron, entre sus problemas personales, depresiones y  la falta de afecto, llegó un punto en que me intentó golpear por supuestamente quitarle su novia...Aunque esa no fue la causa, meses después nuestra amistad terminó y terminó muy mal, nunca nos volvimos a hablar. Hoy casi 18 años después de ese momento, la memoria me juega la pasada de no recordar las causas de nuestra enemistad, tan solo recuerdo nuestro último cruce de palabras, las recuerdo por la inmadurez de los dos... apostamos cuál de los dos sería más exitoso en la vida.

Supe que no continuó con la empresa de accesorios de la que éramos socios, pero si continuó con múltiples restaurantes. Lo vi en las noticias cuando se discutían en el congreso los derechos de los homosexuales, lo saludé por última vez en Expoartesanías hace unos 4 o 5 años. Del célebre Capitán Lija los compañeros de la U pasaron a llamarlo Julio Patacón, nunca lo conocí en esa faceta, para ese momento ya nuestros caminos se habían separado. 

Es jueves 11 de febrero de 2016, son las 9.00pm, me encuentro solo en mi nuevo hogar en San Cristóbal de las Casas tratando de estudiar con un horrible dolor de cabeza y los 3 grados de temperatura. El silencio se rompe cuando me escribe un compañero de pregrado por chat, nunca me ha escrito, preocupado me pregunta si tengo los teléfonos de José Luis y otros amigos de Julio...una conversación tipo telegrama termina con "si sé algo le cuento".

Media hora después, "Julio murió el martes, la cremación fue hoy"... cruzamos una frase más con el compañero y cerramos con un Ok. Intento llamar a José Luis y a Maury... tampoco sabían. Un nuevo tipo de silencio invade mi hogar.

Pienso en las ironías de la existencia, uno de los que más se la montaba en pregrado fue justo el que se preocupó. Pienso en la inmadurez que caracteriza la veinteñitud...vuelvo entonces a mis 20, mi cerebro se empeña en ocultar los aprendizajes que dejan las épocas  tristes.

Julio siempre fue un ser solitario, irreverente e incomprendido, luchó contra tabúes de la sociedad, incluso sobre la misma muerte. No fue un santo, no habría de serlo, pero a quienes lo rodeamos en algún momento de la vida, no solo nos enseñó muchas cosas, sino que nos dio muchas risas por su particular sentido del humor.

Julio, la vida se nos quedó corta para recuperar nuestra amistad, te deseo que donde quiera que estés, seas feliz amigo.

(Fotografía que Julio me tomó en 1998, horas antes de graduarme de diseño mientras trabajaba en nuestro taller)