Federico, un hombre maduro, delgado, de pelo liso como el del mal ladrón descrito por Saramago, acudió a la invitación con la rabia propia de quien pasa por un mal momento doble, del corazón y de la mente, dolor en el sentipensar diría Federico, él con sus típicos clichés seudoacadémicos.
Clarisa, joven mujer delgada, con el pelo rizado de ese que Saramago describe como el de los ángeles y las almas buenas, se presenta con una sonrisa que saca a Federico del ensimismamiento que tenía; al ver el bello rostro de Clarisa, Federico se dijo "mirada al piso", así notó y soñó con las botas azules Dr. Martens que ella llevaba puestas.
Poco recuerda de las charlas de los demás, Federico se concentró en el hablar de Clarisa. Luego, cuando él habló, sintió que sus palabras repletas de dolor en el sentipensar la habían espantado, criticó a los antropólogos y se dio cuenta que ella es antropóloga.
Sin embargo, la comida los acercaría, Federico confundido, no sabía si era diplomacia entre colegas o interés de ella, no atinó a saber si en realidad lo estaba invitando a bailar y pasear, quizás por eso, no le pidió el teléfono.
Sin embargo, la comida los acercaría, Federico confundido, no sabía si era diplomacia entre colegas o interés de ella, no atinó a saber si en realidad lo estaba invitando a bailar y pasear, quizás por eso, no le pidió el teléfono.
Las siguientes dos semanas Federico se preguntó, cómo pudo ser tan lento, buscó entre sus correos, encontró su dirección, le escribió y sintió con su respuesta que el momento había pasado.
Una tarde de viernes va a teatro, luego vinos, luego a rumbear, allí en la sala medio oscura del sitio más jipipandroso de San Juan de Los Remedios, con su pelo de ángel, con un short y medias largas de flores, Clarisa saludó a Federico, cruce de sonrisas, preguntas de rutina, soy Cáncer, yo soy Leo, una corta charla, la insinuación de un "vernos algún día", Gerardo la compañía de Clarisa aparece, las Mares, las compañías de Federico reaparecieron, dos salsas más y despedida.
De ahí en adelante las casualidades se seguirían repitiendo. Clarisa y Federico llevaban cada uno más de dos años de vivir en San Juan y no se conocían, ahora, de una semana a otra, se empezaron a encontrar casi a diario.
En un primer almuerzo Clarisa esperaba a Federico en el restaurante con una chocolatina Jet, él no pudo evitar la sonrisa, la facilidad de conversa fue mutua. Él supo que estaba siendo sujeto de un estudio etnográfico y gustoso dijo que lo continuaran al calor de un té, de esta manera resultaron en la terraza de la calle Drake. Conversaron principalmente de él, una suerte de interrogatorio más allá del ¿estudias o trabajas? Le preguntó de sus cómo, sus por qué, por qué aquí.
Despedida, luego chat y Federico se sorprendió porque Clarisa lo había googleado y le hizo bromas con las vainas que él ha escrito. Mucho a mucho se fue sintiendo la afinidad, no solo de la conversa, de los temas y sonrisas, de las miradas perdidas en el ocaso.
El segundo almuerzo Federico llegó primero, la esperaba con un libro, ella lo abrió, lo ojeó y le dijo "Sos tesito". Le recomendó un aparte, ella lo empezó a leer. Fue la primera vez que alguien le leyó en voz alta algo que él había escrito, "vos criticando a los antropólogos, diciendo que no sos uno y mirate, sos antropólogo". Volvieron a la terraza a continuar las conversas, esta vez el interrogatorio fue mutuo, vieron un ovni, se rieron de los turistas alemanes que dejaron volar las cartas, se siguieron descubriendo en las afinidades, en las vainas en común, también en las diferencias, en los desencuentros, en las malas pasadas del amor y los amorios. Para cerrar la tarde, Federico le escribió una dedicatoria en el libro que tituló, Misterio y Pasión, los tés que bebieron esa tarde. Luego la despedida.
- Finalmente, ¿qué harás en tu cumpleaños? si no has decidido qué hacer en tu cumple, si no te sale algo, yo encantada soy tu plan B.
- Hola querida Plan A, te invito a cenar y tomarnos unos vinos el día de mi cumpleaños.
Es el día de su cumple, a eso de las 8.00 pm se encuentran, cada uno ya tiene dos copas de vino en la cabeza, de nuevo las conversas, de nuevo las sonrisas y afinidades, comida tradicional, caminatas, cervezas, luego de cuatro horas de charlas van por una acera del centro de San Juan:
- Contame, cuánto duró tu matrimonio.
- Ya está bueno, sabes muchas cosas de mí, pero no sé de ti, si eres casada o no, si tienes novio o no
- Es que a vos te salen tan bonitas las narraciones y los cuentos de tu vida, y no, no soy casada
- ¿Arrejuntada?
- A eso sí, hace 11 años vivo con mi pareja, imaginate.
Conversarían dos horas más al calor de mezcales y cervezas, ahora con menos afinidades y más complicidades, ya no con elogios, sino consejos mutuos, con el escucharse mutuo de dos personas que comparten soledades y desamores en el extranjero.
Federico le habló del blog en el que cuenta sus historias, lo que no le dijo, es que el subtítulo del blog coincidía con la reciente frase de Clarisa "A veces prefiero el cuento de mi vida".