lunes, 15 de octubre de 2007

Puerto Nariño, mucho trabajo y el regreso a la soledad


Esta vez el cielo abierto permitió ver la inmensidad de la selva, tan solo 30 minutos de vuelo y empieza el tapete verde. El Apaporis, el Putumayo y finalmente el Amazonas, nuevamente en Leticia
Sin almuerzo emprendemos el viaje a Puerto Nariño, de un lado del Amazonas la tormenta, del otro el sol brilla en medio de un azul, una hora de recorrido y llegamos a Puerto Nariño, aquel atardecer naranja de hace meses hoy se torna rojo, morado y azul, el Río se encuentra más seco, el pueblo señalizado y vestido de política.
Tratamos de capturar los atardeceres, los amaneceres son imposibles, mi segunda visita al mundo bajo el río. Lo que era una noche de caimaneada termina en un reinado intercursos.
Una noche con la música de lluvia en el techo de palma, los rayos y relámpagos iluminan constantemente el cielo.
La última noche antes de que las nubes aparezcan el firmamento deja ver las estrellas…Una visita a la maloca de los abuelos, suscita controversia, se disfrazan?, solo lo hacen por el turismo?


Son las 11:00 pm de un sábado, en una mesa cuadrada discutimos. Como viene el señor presidente pues toca pedirle algo, qué le pediremos? Hay una disputa por saber quién es más amigo del presidente, cuál de todos sabe mejor cómo funcionan los concejos comunales. ¿Cómo, funcionan?
La traga de Adry se convierte en protagonista, mi primo el orejón casi doctor en economía dice algo sabio: regadera para arriba.


4 días en el Amazonas y solo vi una guacamaya y 4 sapos, no hubo delfines, lagos, ni selva, solo horas y horas de talleres, algunas charlas que ya me sé, los problemas que hemos visto en todas partes,
Solo me queda la satisfacción de haber pasado de punta a punta de este país en solo 15 días, del bosque seco tropical de la Guajira a la selva húmeda del Amazonas.
En solo pocas horas se sale de la selva, se llega a Tabatinga Brasil, 2 horas en el aeropuerto de Leticia, donde casualmente me encuentro con una mujer quien me pregunta si aun mi amor por el sugar Valley tiene nombre de mujer, mi repuesta una sonrisa, una mirada que se pierde, un pensamiento que se enfoca en vos, y dos palabras “por supuesto”.


A las 4:00pm ya estoy en Bogotá, esperaba un cálido recibimiento, sin embargo un cielo gris y lluvioso es la bienvenida a la soledad que no pensé encontrar esta vez. La ropa ya está en la lavadora, el aviso de que terminó el proceso, la única respuesta que tendré.

lunes, 8 de octubre de 2007

La Guajira. Día dos y tres, sueño de atardecer en el Cabo, sueño de flores en Bogotá.


Esta historia comienza a las 4:00 am, 4 Carros 4x4 varados para salir finalmente a las 4 pm, 4 intentos fallidos por salir hasta el Cabo.

Un guajiro persistente que terminó por convencernos de que Angélica se llama Andrea, o al revés, ese guajiro coqueto que hace que no le cobren peajes por sus versos.
Un día entero, 15 horas tras de un atardecer que se vio a lo lejos desde una carretera eterna y repetida que cambia solo por el lado en el que la carrilera del tren se encuentra.
Justo a las 7:00pm llegamos al Cabo, el mar calmado no se siente, la cúpula celeste permite distinguir la vía láctea, las constelaciones, lástima que no sepa nada de estrellas. Se le piden deseos a los satélites fugaces?.

Un arroz con mariscos en una posada wayuu. Con este techo de estrellas, con esos colores de los tejidos, a solo 15 metros del mar, paso la primera noche de mi vida en un chinchorro…aparece la luna y gracias a Angélica mi primera foto de un cielo nocturno.
Un amanecer de morados, azules y naranjas en el Cabo, justo se acaban las baterías de la cámara. A las 600 AM, ya tomamos las fotos, ya hubo baño de totumo, me compré unas wayreñas, y tomé café caliente con los pies en el mar.
En el pilón de azúcar me siento unido al continente solo por dos hilos de tierra, el mar me rodea, a la izquierda el parque eólico llega al mar, al frente un lago de agua dulce, a la derecha el Cabo de la Vela, el viento fuerte, el calor intenso, un cielo azul surcado por alcatraces y pelicanos, lagartijas verdes con azul que se pasan junto a mis pies, no hay como describir la paz, la tranquilidad, el efecto de la belleza en mi alma, un agradecimiento a Dios.
De regreso y a través de un bosque seco, lleno de cactus verdes sobre un suelo amarillo, vivo 6 horas de silencio en un carro. Una rápida visita a un sistema silvopastoril de plantas nativas y chivos. Fuertes y grandes espinas que brotan de los tallos las ceibas, la juventud requiere defensa, aprovechada por una verde enredadera que asciende en busca de las ramas.

Al final de la tarde nos recibe un cielo gris que promete tormenta, una vela de costal nos impulsa hasta los flamencos rosados, regresamos de noche, $1000 por un duchazo, y en una cabaña sin energía eléctrica paso mi última noche en la Guajira.
Un nuevo amanecer, mas morados, mas fotos, al fin saldré en una, con mis huellas en la arena wayuu, con el mar a un lado, el lago Naviopartio del otro, la unión del agua dulce y la salada en la espalda, a lo lejos en el frente la sierra nevada y sus picos, nuevamente llega la paz de la soledad que no se describe.

Luego de conocer un colegio de tortugas marinas desde párvulos hasta bachillerato, emprendemos el regreso que arranca en cayuco, continua con 3 personas en una moto, dos taxis y finalmente avión. Llego a Bogotá para encontrarme nuevamente en soledad, una soledad diferente.