Llega la primavera con sus rayos de sol a las australes tierras de Zlop, aquí en la Maca en el corazón de Bogotá se completan 25 horas de lluvia. Las más fuertes se sintieron entre las 3:00 y las 4:00 am, con el frío de la lluvia, de estos 2650 msnm y de la soledad de estas noches, mis horas de sueño disminuyen y se reemplazan por este remolino de pensamientos que pareciese no terminar nunca.
No estás acostumbrado a perder...
Quizás porque sostengo que la mejor etapa de mi vida es esta, quizás porque afirmo que he hecho todo lo que he querido en la vida, quizás porque vivo agradecido de la vida, quizás por todo esto se piense que no he perdido nada en la vida.
En el remolino de pensamientos llegan mis primeros recuerdos de infancia, nunca perdí las ilusiones de que el Niño Dios y Papa Noel fueran quienes en navidad traían los regalos, nunca, pues desde siempre supe que era mi madre.
Nunca perdí una materia, nunca perdí un curso, como nunca perdí la bicicleta que mi padre me regalaría por ser el mejor en el colegio porque nunca me la regaló.
¿Qué he perdido?, perdí mis amigos de infancia al menos cuatro veces que cambié de colegio, perdí a mi padre a mis 10 años, perdí cierta comodidad económica en la época de la apertura, perdí mis primeros negocios, dos mascotas, un ternero, tres conejos y una oveja...
Seguí perdiendo, perdí el amor en el estudio (me dediqué a trabajar y no me interesaba tener novia), perdí cuatro empresas que creé, perdí mis tres primeros empleos, perdí mi tiempo en negocios inviables.
Seguí perdiendo, perdí un apartamento propio con el doble de área que en el que vivo pagando arriendo, perdí mis muebles, la nevera, la lavadora, perdí mi colección de soldados de plomo y la colección de artesanías que había logrado luego de 40 viajes por el país.
Hace poco perdí el empleo que más he disfrutado en la vida y llevo dos meses desempleado, perdí mi ritmo de viaje.
Si, he perdido mucho, pero tienen razón, aún no me acostumbro a perder.
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