Veinticinco años después de aquella primera vez en la que planté árboles en la finca de mi padre en Boyacá, el destino me lleva a repetir mi ambientalismo, esta vez en los Estados Unidos. Un paisaje completamente diferente, un viento que me recuerda al Cocuy y un grupo de voluntarios entre vejetes y jovenzuelos gringos en el que los latinos somos como las uvas pasas en el arroz con leche.
Súbitamente las hojas aparecen y los árboles desplumados reverdecen, poco a poco los días se hacen más largos, los atardeceres se tornan rosa y llegan los cambios de temperatura, un día 5C al siguiente 24C, si dicen que es la primavera.
Con Bones en campo empiezo a extrañar la TV que no veía, el teléfono que no usaba y el celu que ya no sonaba, heme en una soledad similar a la de la Maca pero aún más silenciosa. Para no aburrirme Bones me comunica con una Polaca, Helen Sald, 45 minutos de charla para darnos cuenta que en Europa, en África o en América los seres humanos somos esencialmente iguales de básicos. Para seguirme entreteniendo Bones me comunica con una brasilera y un peruano, dos horas de almuerzo y me doy cuenta que incluso aquí, sorprende que un diseñador esté en el mundo ambientoso y turístico, incluso aquí las mismas dicusiones de la universidad pública versus la universidad privada, como si ya no supiera que me ha costado el doble llegar a donde estoy, si es que donde estoy tiene algo de relevancia.
Con la calma que da el no tener qué hacer, recorro calles en busca de los florecidos tulipanes, miro en la ventana a lo lejos buscando quién sabe qué. No sé si sea la prima vera, no sé si sea la tranquilidad, quizás, lo más seguro es que nací con un aire de nostalgia, un aire que se hace bocanada, exalación, suspiro…si un suspiro constante de ese algo, de esa nada, que siempre me acompaña y me abandona.
Pasan los días y ya me siento cómodo en esta tranquilidad y en esta calma, entiendo las normas, me gusta mucho la ciudad. Pero el mes de estadía está por acabar, aprovechamos entonces ya con Bones. La sopa de cerveza con queso en el Down Town, las hamburgueserías más tradicionales, las caminatas por las calles representativas soñando con esas casas de cuento y deleitándonos con los fondees.
En busca de las montañas nevadas del Parque Roosevelt salimos aprovechando el carro rentado, google maps falla, el Iphone sin señal también, así que a las montañas nevadas llegamos, al Roosevelt también pero no a donde planeamos. La justa despedida a estos bosques y al río, se cumplen las locuras de último momento y las fantasías de hace tiempo, uno de esos días que nunca se olvidarán, pura alegría.
El espíritu latino hace mella, Micaela una gringuita dulce quiere ir a bailar, Bones como buena amiga la secunda, la última noche en Fort Collins es para Río, los avisos aseguran rumba salsera, al entrar, una casa como de principios de siglo XX, dos salones, una cantidad de gringos intentando aplicar lo que han aprendido en sus clases, algunos logran pasos interesantes que nada tienen que ver con el ritmo de la música que preciso es de Juanes y aquí juran que es salsa; es chistoso, parece que esos cantantes salseros del Valle que dejamos de escuchar hace 20 años en Colombia, aquí son los que suenan... es chistoso también, las dos últimas veces que he bailado salsa ha sido aquí a miles de kilométros de mi bella patria...así pasa el último día.
Se acaba pues el paso por los Estados Unidos, el próximo post ya será desde México...nos leemos pues en unos días
1 comentario:
las dejaste locas me imagino...beso para ti
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