lunes, 28 de enero de 2013

Justicia natural


El ahora rutinario trayecto casa-universidad, me ofrece mañana tras mañana y tarde tras tarde la grata compañía de los cerros orientales; mientras leo las noticias, peleo en Twiter y soy activista ecológico en Facebook, aprovecho para ver las casas que avanzan montaña arriba reemplazando los bosques y el verde que caracterizaba la ciudad.
Estas casas no son exclusivamente de los más pobres, hay también conjuntos  cerrados de los más adinerados de la capital y del País. Mientras los unos dejan el ladrillo a la vista por estética, los otros por falta de recursos dejan el bloque a la vista; mientras unos lucen mapas en la entrada que parecen laberintos conectados por el pavimento, los otros sin mapa son laberintos conectados por escaleras; mientras los unos ponen vidrios en los cercos para que nadie se meta, los otros reciclan el vidrio cuando sus vecinos los dejan meter.
Así, día a día observo las diferencias entre los unos y los otros, las casas en constante construcción de los otros que con varillas apuntando al cielo indican que quieren llegar cada vez más alto; mientras los unos construyen cada vez mas alto y más arriba para seguir demostrando que están por encima de los otros.
Sea sobre los unos o sobre los otros, llueve algunas mañanas y el agua llega a la 7a, entonces me pregunto por la justicia natural.

Podríamos pensar que la naturaleza es injusta y se ensaña con los más pobres, son quienes pierden sus casas con el desbordamiento de ríos, tsunamis u otras mal llamadas tragedias naturales; mi abuelo por su parte decía, que cuando caen las lluvias o hace sol, pobres y ricos se mojan o se broncean, la naturaleza es justa en la distribución, agregaría yo.
¿Dónde esta el problema?  ¿es la naturaleza justa o injusta?
Básicamente la lluvia cae a ricos y pobres, pero la forma en que cada uno puede resguardarse, protegerse o aprovecharla es lo que cambia, es la vulnerabilidad lo que hace la diferencia. 
Así, quienes tienen más recursos pueden prepararse mejor, construyen casas en lugares más seguros, con materiales y sistemas igualmente seguros. Si se mojan su nutrición y sistema de salud los tendrá mejor preparados a enfermedades, por ende su vulnerabilidad es menor. 

No niego que hay excepciones, muchos “pobres" (Referido a escasez monetaria) conocen la lluvia y las crecientes de los ríos, se adaptan, eso si, cuando las desconocen pues paila. Hay comunidades rurales que están más preparadas para los cambios climáticos, si no, vean fotos de palafitas en el Pacífico y Amazonas colombiano, de forma que cuando sube el río las casas no se inundan. O simplemente escuchen a las abuelas "deje que el niño se ensucie, ande descalzo, así se hará fuerte".

Pero volvamos al punto, lo cierto es que estos días llueve más en Bogotá, ya hay inundaciones, los acostumbrados derrumbes y como siempre los más afectados son los pobres o mejor, la población en situación de  mayor vulnerabilidad; vuelven por ende los titulares sobre la naturaleza injusta, recuerdo entonces que hace varios años se dijo que los conjuntos o urbanizaciones no podían tener sus áreas verdes cerradas, en aras de la justicia con los demás, el acceso debía ser libre.
Vuelvo a los cerros, los otros viven rodeados de áreas verdes cuya geografía impide y afecta las construcciones los unos mantienen cercadas sus áreas verdes, sólo ingresan quienes pertenezcan al club de los unos...y ya concluyo.

Puede ser entonces que la naturaleza sea justa, pero el ser humano sea injusto por naturaleza.

domingo, 13 de enero de 2013

Soy una especie en vía de extinción

Desde niño siempre fui contracorriente, crítico en lo social, amigo de las causas perdidas y siempre quise tener el pelo largo. Durante la adolescencia el pelo crecía hasta donde yo aguantaba vivir sin la mesada que mi madre me daba en el colegio, pues cuando no era ella eran los profesores quienes no estaban de acuerdo. Justo por eso, cuando cumplí 18 ya en la U pude cumplir mi sueño, que en su momento era el sueño de la mayoría de mis compañeros de carrera. 
Pasarían los años, se sumarían la presión social, la edad, las necesidades de la vida y nos tuvimos que cortar el pelo, usar corbata y hasta traje; hablábamos con propiedad y convencimiento de empleo, emprendimiento, de la importancia de la empresa, de tener casa, carro y la beca tal vez después.
Pero un día, mi yo profundo en estado latente decidió volver, le dio otra vez por el pelo largo, si a las corbatas pero de los 50, sí a los trajes pero con detalles de locura, ese es mí yo del presente.
Pero de mi niñez, adolescencia y comienzo de U, ya pasaron muchos años y aunque hay quienes dicen que 20 años no son nada, la verdad es que muchas veces me siento bicho raro.
De los ya 160 estudiantes de pregrado y posgrado ninguno tiene el pelo largo, mucho menos los colegas docentes..."alone" como el pollo me siento, aún más loco me da por ir de vacaciones a un club militar, muy amables los socios nunca dijeron nada aunque a veces sus miradas extrañadas se sentían en la espalda.
Cuando todos los amigos se volvieron cristianos y muy creyentes, yo decidí pasar del agnóstico al ateo, aún cuando soy creyente social y exclamo "ay dios" y "gracias a dios" con la gran ventaja de que al hablar las mayúsculas no se notan.
Soy rezador de novenas social, no me ofrezco a ir ni a organizar, pero si me invitan voy y aplaudo cantando fuerte ven ven ven...
También veo fútbol en mi modo social, ni me gusta pero sé que América esta en la B, Millos perdió 8 0 en España y que nuestro fútbol es tan malo que aún así quedó campeón del campeonato colombiano. 
Estudié en universidad pública, pero no me gusta la canción de protesta, ni tampoco los clásicos: beatles, rolling, metalica; para mi lo pasado es pasado y aunque bonito su época ya fue; mucho menos Pastor López, la salsa romanticona, reguetón menos menos el hiphop. Pero al igual que en religión soy escuchador de música en mi modo social, aprendí tres vallenatos, cuatro salsas, dos de Pastor, " si se calla el cantor se pierde el unicornio mientras te esperé bajo la lluvia dos horas, mil horas".