sábado, 20 de diciembre de 2014

De vuelta Providencia

En una posada nativa en el centro de San Andrés el vaivén de las palmas por el fuerte viento, da la sensación de estar durmiendo en la playa y que las olas te fueran a cubrir. 
Amanece lloviendo, a las 6:00 am en el aeropuerto para que me digan que la reserva está mal y debo volver a las 9:30. Busco desayuno y por supuesto no hay nada abierto, una arepa con huevo y un café salvarían la mañana. 

De ateos y dioses en vuelos movidos

La lluvia se hace más fuerte y debemos subir a la avioneta, el auxiliar de vuelo nos dice que los chalecos salvavidas están en una bodeguera de la parte trasera de la avioneta, que en caso de emergencia él hará no sé qué maroma para llegar hasta ellos, porque de su silla solo se puede salir cuando el avión aterrice. 
Carreteo, la lluvia no deja ver siquiera el fin de la pista, despegamos y San Andrés es una mancha gris, no se ve el arrecife, ni la ciudad, dos minutos después volamos en un espacio blanco como si fuéramos en un 4x4 por las montañas de Samaná (Caldas). 

El avión tiene gotera, que sumado a la turbulencia y al fuerte aguacero, lleva a tres francesas sentadas cerca, a que me hablen para preguntarme si les puedo ayudar; no mojarse es la excusa frente al miedo de que el avión se rompa por ese hueco. 

...Me acuerdo entonces de la de la frase que dice que "son ateos hasta que el avión se empieza a caer", no soy ateo, soy pagano, me pregunto en esos momentos ¿si Jesucristo realmente existe, un pagano llegaría al cielo?...recuerdo que para el dios cristiano yo no tendría cabida en el cielo, es monoteísta y exige fidelidad, llega primero un asesino. Vuelvo a mi diosa la naturaleza, al fin y al cabo, ya estoy en el cielo en ese momento.

20 minutos después nos dicen que vamos aterrizar, de aquellas imágenes de un mar de siete colores mi último vuelo a este lugar, paso a un viaje en el que solo hasta el último minuto veo la pista entre el manglar y la pequeña montaña. 

La memoria juega con nuestro pasado

Recuerdo claramente la primera vez que vine hace poco más de 10 años, recuerdo el aeropuerto mas pequeño, recuerdo a Arlis esperándome. En la fila todos estaban felices, salvo Arlis  quien antes de subirnos en el taxi no se aguantó el mal genio y me preguntó si era pasante, con mi respuesta y la explicación de lo que hacía, la conversación se tornó amable y hoy somos buenos amigos. La memoria juega, no recuerdo otros viajes a Providencia, salvo que hace 6 años conocí una iniciativa de turismo comunitario. 

Tomo el taxi que me lleva a la reunión a la que llego dos horas tarde por el error en la reserva, al llegar son mas facilitadores que pescadores, a pesar de que llego tarde, los pescadores llegan mas tarde y casi a medio día podemos comenzar, había olvidado también que no entiendo casi nada de creole y que algunos raizales prefieren el inglés al español. 


Almuerzo rápido en la mesa de reunión y salimos, los demás a practicar pesca deportiva, y yo a entrevistar personas, no desaprovechó la oportunidad para visitar el malecón, para tratar de tomarle fotos a las aves pescadoras, a las que se la pasan en el manglar, la verdad creo que le hice fotoestudio a una garza gris que me persigue en todos los manglares que recorrí. 


Con la noche llega el encuentro con los demás consultores, se presentan los dos que no conozco, economista y productor audiovisual, se unen a un biólogo que se transforma en antropólogo fotógrafo, vamos al restaurante de Martin, uno de los mejores de la isla. El paso de los estudiantes de quinto semestre aun sigue en el tablero. 


Al día siguiente mi trabajo consiste en hacer dos entrevistas, antes paso a Santa Catalina, la primera vez que vine me quedé en esta pequeña isla con menos de 20 casas en la única calle que tiene. Recuerdo que hay un sendero a la Cabeza de Morgan, desde donde en aquel primer viaje todos se lanzaron hacia el mar mientras Arlis me miraba mal para descubrir luego mi fobia al agua. Esta vez no alcanzo a llegar hasta allá, pero en el cerro del cañón un camarógrafo me muestra a un tranquilo lagarto descansando, llego a la playa que cuando la marea esta baja se convierte en nudista, aunque en las veces que he venido nunca hay turistas. 


Con las entrevistas hechas me regreso a almorzar con Arlis, adelantamos cuaderno, pues en estos diez años, muchas cosas han pasado, ella se divorció, se casó nuevamente y  nuevamente es madre. Su hija mayor termina el bachillerato, Arlis se ganó un concurso culinario se fue a Asia, pero también se enfermó, por eso la Arlis que recordaba es ahora una mujer mucho más esbelta. La tarde es para ajustar y preparar el taller conferencia, han pedido tantos temas que tomógrafo la decisión de no hacerles caso y mejor hacer algo muy práctico. La cena es ahora en Café Studio. 

Los dos días siguientes serían para caminar en las mañanas y en las tardes hacer taller-conferencia. En las caminatas veo la riqueza cultural de la isla, visitar Providencia es como estar en un país diferente, con su propia lengua, donde niños y abuelos andan sin camiseta y con rastas, donde las mujeres exhiben orgullosas sus trenzas. También veo las maravillas de este paisaje que combina un mar repleto de colores, con corales, manglares, montañas verdes, lagartijas de diversas especies y una arquitectura propia. 

En los almuerzos y cenas escucho a los consultores, veo en sus palabras las preocupaciones propias de su juventud, menores de treinta han estudiado y vivido fuera, intento hacer un paralelo con mi vida hace 14 años, pero su acercamiento a los temas sociales y ambientales dista mucho del mío. Llegaron como oportunidad de negocio, porque piensan que aquí hay oportunidades para crecer económicamente, las comunidades los necesitan. 
Entonces me hablan de sus clases en Europa donde los enseñaron a ser más competitivos, a matarse en el trabajo, me preguntan con cuánto me quiero pensionar y cuánto debería estar ganando... bostezos mentales. Luego se quejan de los precios de la comida y el transporte en la isla; les digo que disfruten la vida, que disfruten la comida, el paisaje y la cultura que nos brinda el trabajo, que yo hago de mis viajes laborales una experiencia agradable, por eso siempre busco los mejores restaurantes de comida tradicional y trato de conocer... lo máximo que logré fue llevarlos a comer caracol y langosta donde Miss Emma y en El Divino Niño, y convencerlos de que 22 $US son muy poco por una langosta completa.

Últimas horas, no he visto la lagartija azul ni la "bluegreen lizard", programo una caminata con un par de guías raizales, pero la mañana lluviosa hace cambiar de planes. Salgo a caminar hacia el otro lado, es dar la vuelta en sentido contrario pues Providencia tiene una carretera en forma de anillo.  La arquitectura es lo primero que fotografío, me encantaría vivir en una de estas casas en madera, en medio de jardines con bellos árboles alrededor, el manglar a lo lejos, el mar y el arrecife se ven desde aquí. Me meto en un pequeño camionaje lleva a un mirador donde encuentro las bellas lagartijas, la vida y el trabajo siempre me sonríen, o al menos eso pienso.

La vida es lenta, los días comienzan a las 8:00, de 12:00 a 3:00 se descansa, se trabaja hasta las 6:00, los raizales conservan su lengua, sus rastas y sus cortes de pelo, sonríen, tienen la calidez del trópico, Providencia tiene también problemas con el turismo, pero a diferencia de Puerto Nariño, se organizaron hace años y los locales son dueños de los negocios, de las posadas y restaurantes, desde luego con diferencias entre ellos, Providencia conserva su sabor, su esencia quizás porque hace años blindaron su territorio, y aunque a veces llega el mochilero jipipandroso a vender artesanías o a cantar para pedir monedas, rápidamente la fuerza de la comunidad los ha sacado. 








sábado, 6 de diciembre de 2014

Amazonas colombiano, el acelerado impacto negativo del turismo.

El mes pasado inicié un artículo sobre las injustas culpas de las que se acusa al turismo, luego de este viaje a Amazonas, desistí.

La composición de los viajeros ha cambiado en los últimos años, antes más de la mitad del vuelo eran extranjeros en su mayoría jipipandrosos, también algunos consultores, funcionarios, pocos colombianos y algunos locales. 

Hoy, mas de la mitad son paisas que con su acento gritan pidiendo buñuelos y también sus chistes de mal gusto para que todos en la fila se rían, se quejan de los precios de un tinto y un plato de fríjoles. 

Vienen también rolos ya sin chanclas con medias, pero si tomándose la foto en la silla del aeropuerto de Bogotá como si ya estuvieran en medio de la selva. Paisas y rolos aprovechan la promoción todo incluido On Vacation que permite visitar el Amazonas por la mitad del precio que hace ocho años; ni se hagan ilusiones, On Vacation incluye todo lo que se odia del turismo de masas: mala calidad, malas experiencias, explotan a sus trabajadores, tienen animales silvestres en cautiverio, no respetan ni incluyen a los locales, ni su cultura. 

También vienen algunos extranjeros que saben mas del Amazonas que los rolos y paisas, y sí, siguen viniendo mochileros jipipandrosos. Todos siguen viniendo con el imaginario del indígena con taparrabos, de la maloca en Leticia y hasta de la anaconda gigantesca que los devorará, no deja de sorprenderme que incluso biólogos tengan ese imaginario. 

Desde el avión se ve la lluvia sobre la selva, literalmente se ve la nube cayendo; ya en Leticia y Puerto Nariño la lluvia acompañaría todos los días de viaje. Mientras espero la lancha rápida que me lleva a Puerto, escucho la conversación del indígena que aborda a la extranjera mochilera, le cuenta su historia le dice que no trabaja en turismo pero que la puede llevar a un recorrido por $200.000 tres días y noches que incluyen alojamiento, comidas y los senderos que quiera, el indígena, pide perdón insistentemente por ser indio. La extranjera de unos 20 años, le responde con mal español, que no tiene plata, que ella viaja a su modo, que además no entiende eso de "los abuelos saben"... ¿qué conocimiento tienen los abuelos?

Quise hacer las veces de traductor pero ya sé cómo terminan estas historias, la extranjera en unos años dirá que conoce el mundo, conoce la gente y sus culturas, sabe de la pobreza de los indígenas ...el indígena seguirá con su vida y esta extranjera será otra gringa más que se encontró un día hacia su casa. 

La lluvia es tan fuerte que debemos bajar la carpa de la lancha, los 35 grados, la humedad por encima del 90, se suman al calor de 40 humanos sudorosos dentro de un invernadero. 

Más tarde me encontraría al indígena entrando a su casa y a la extranjera caminando por las calles de Puerto con su guitarra cantando en un restaurante para recibir dinero; los mochileros jipipandrosos de hoy compiten con los locales por las migajas del turismo. 

Puerto ha cambiado de forma ostensible y acelerada en los últimos años a causa del turismo, las colonias de paisas se hacen cada vez más grandes, manejan el comercio y se reúnen en el café de otro paisa horas y horas con las bromas y canciones de hace 30 años. Ahora en la cuadra principal, tres casas de tres pisos hechas en concreto y estilo paisa, rompen con la arquitectura local de madera y una sola planta. 

Los indígenas por su parte, se mantienen al ritmo de las tendencias, sus casas en madera se pintan de colores vivos, los techos de palma son ahora de hojalata, los jóvenes se cortan el pelo como Beckan y se reúnen todos para ver Direct TV, para ver, entre otras cosas la actualidad de otros lados del planeta. Los jóvenes pasan por los caminos con su celular a todo volumen, una mezcla de reguetton, cumbias peruanas y alguito de brasilera. 

La lluvia no para, así que las mujeres pasan con sombrillas coloridas y otros simplemente dejan que la ropa se moje porque el calor en unos minutos volverá a secarla. 

Vine de trabajo así que los azares de la naturaleza me ponen de frente con Luz Jenny que no me había respondido las llamadas para cuadrar la entrevista, en mi primer día ya hice las entrevistas por las que vine. 

La investigación confirmará lo que sabía desde hace ocho años cuando empece a trabajar en el Amazonas, pero eso no lo puedo publicar aquí, porque me demandan. 
Salgo de la entrevista casi a las 9:00pm, la llovizna se convierte en aguacero que amainaría apenas a las 2:00pm del siguiente día. 

Me levanto con más pereza que ganas pues la lluvia es la cobija y el arrullo, salgo en busca de la entrevista con el curaca, el primer intento fallido me lleva a tomar fotos del lago el Correo, de los insectos que se dejan, la lluvia se arrecia y entonces mientras estoy desarmando el trípode y empacando la cámara, el sonido de la respiración de un animal me asusta, es un delfín rosado a menos de 10 metros, no me pidan foto, imposible, solo les diré que son mas grandes de lo que me imaginaba, no porque sea la primera vez que los veo, sino porque estaba muy cerca. 

Hago otra entrevista, busco nuevamente al curaca y termino almorzando en el restaurante en Las Margaritas que no solo, no participa en los procesos de sostenibilidad del municipio, sino que además de concentrar la venta de almuerzos a los turistas sin dejarle nada a los locales, ahora permite que los extranjeros mochileros jipipandrosos canten dentro de su restaurante a cambio de monedas, en francés, alemán e inglés (muy de la cultura local). 

Con la indignación de ver como todos los impactos perversos del turismo son cada vez más graves en Puerto Nariño, llego al hotel a tomar la siesta, no me percato que está haciendo sol y desperdicio las dos horas para haber puesto a secar mi ropa y maleta que están empapadas. 

Hago mi tercer intento de entrevista al curaca, tampoco lo logré, me fui entonces detrás de un águila, caminé y caminé hasta donde el camino desapareció, olvido que es el Amazonas y que en las tardes los mosquitos no respetan, de repente tengo hasta seis mosquitos en cada mano, son tantos que con solo una palmada mato cuatro y dejan mi sangre en los dedos, son tantas picadas que los dedos se hinchan, pero me encontré la familia del águila. 

De regreso, grillos, arañas, mariposas y el barro, hacen lento el caminar, pero la tarde está llegando a su fin, dos ranas divinas atraviesan el camino y por andar tras de ellas por una foto, me pican los mosquitos en la cara, hacia rato no tenía esa sensación de adormecimiento, el precio de una foto que nunca salió bien. 

Son pasadas las cinco, estoy a más de 20 minutos del pueblo y recuerdo que no he comprado los tíquetes de la lancha de regreso, tocará madrugar. 

Mientras regreso al hotel, caigo en la cuenta de que cada vez tomo menos fotos a la gente, veo tantos retratos que serán perfectos, pero pienso en si les haré un mal fotografiándolos, esos modos de vida que me atraen, están en peligro porque el turismo sigue llegando y transformando, porque quizás otro visitante alguna vez compartió fotos de esta cultura y muchos quisieron venir a conocerla, y detrás de ellos llegaron otros para tratar de ganar dinero con el turismo, y así estamos hoy.