sábado, 6 de diciembre de 2014

Amazonas colombiano, el acelerado impacto negativo del turismo.

El mes pasado inicié un artículo sobre las injustas culpas de las que se acusa al turismo, luego de este viaje a Amazonas, desistí.

La composición de los viajeros ha cambiado en los últimos años, antes más de la mitad del vuelo eran extranjeros en su mayoría jipipandrosos, también algunos consultores, funcionarios, pocos colombianos y algunos locales. 

Hoy, mas de la mitad son paisas que con su acento gritan pidiendo buñuelos y también sus chistes de mal gusto para que todos en la fila se rían, se quejan de los precios de un tinto y un plato de fríjoles. 

Vienen también rolos ya sin chanclas con medias, pero si tomándose la foto en la silla del aeropuerto de Bogotá como si ya estuvieran en medio de la selva. Paisas y rolos aprovechan la promoción todo incluido On Vacation que permite visitar el Amazonas por la mitad del precio que hace ocho años; ni se hagan ilusiones, On Vacation incluye todo lo que se odia del turismo de masas: mala calidad, malas experiencias, explotan a sus trabajadores, tienen animales silvestres en cautiverio, no respetan ni incluyen a los locales, ni su cultura. 

También vienen algunos extranjeros que saben mas del Amazonas que los rolos y paisas, y sí, siguen viniendo mochileros jipipandrosos. Todos siguen viniendo con el imaginario del indígena con taparrabos, de la maloca en Leticia y hasta de la anaconda gigantesca que los devorará, no deja de sorprenderme que incluso biólogos tengan ese imaginario. 

Desde el avión se ve la lluvia sobre la selva, literalmente se ve la nube cayendo; ya en Leticia y Puerto Nariño la lluvia acompañaría todos los días de viaje. Mientras espero la lancha rápida que me lleva a Puerto, escucho la conversación del indígena que aborda a la extranjera mochilera, le cuenta su historia le dice que no trabaja en turismo pero que la puede llevar a un recorrido por $200.000 tres días y noches que incluyen alojamiento, comidas y los senderos que quiera, el indígena, pide perdón insistentemente por ser indio. La extranjera de unos 20 años, le responde con mal español, que no tiene plata, que ella viaja a su modo, que además no entiende eso de "los abuelos saben"... ¿qué conocimiento tienen los abuelos?

Quise hacer las veces de traductor pero ya sé cómo terminan estas historias, la extranjera en unos años dirá que conoce el mundo, conoce la gente y sus culturas, sabe de la pobreza de los indígenas ...el indígena seguirá con su vida y esta extranjera será otra gringa más que se encontró un día hacia su casa. 

La lluvia es tan fuerte que debemos bajar la carpa de la lancha, los 35 grados, la humedad por encima del 90, se suman al calor de 40 humanos sudorosos dentro de un invernadero. 

Más tarde me encontraría al indígena entrando a su casa y a la extranjera caminando por las calles de Puerto con su guitarra cantando en un restaurante para recibir dinero; los mochileros jipipandrosos de hoy compiten con los locales por las migajas del turismo. 

Puerto ha cambiado de forma ostensible y acelerada en los últimos años a causa del turismo, las colonias de paisas se hacen cada vez más grandes, manejan el comercio y se reúnen en el café de otro paisa horas y horas con las bromas y canciones de hace 30 años. Ahora en la cuadra principal, tres casas de tres pisos hechas en concreto y estilo paisa, rompen con la arquitectura local de madera y una sola planta. 

Los indígenas por su parte, se mantienen al ritmo de las tendencias, sus casas en madera se pintan de colores vivos, los techos de palma son ahora de hojalata, los jóvenes se cortan el pelo como Beckan y se reúnen todos para ver Direct TV, para ver, entre otras cosas la actualidad de otros lados del planeta. Los jóvenes pasan por los caminos con su celular a todo volumen, una mezcla de reguetton, cumbias peruanas y alguito de brasilera. 

La lluvia no para, así que las mujeres pasan con sombrillas coloridas y otros simplemente dejan que la ropa se moje porque el calor en unos minutos volverá a secarla. 

Vine de trabajo así que los azares de la naturaleza me ponen de frente con Luz Jenny que no me había respondido las llamadas para cuadrar la entrevista, en mi primer día ya hice las entrevistas por las que vine. 

La investigación confirmará lo que sabía desde hace ocho años cuando empece a trabajar en el Amazonas, pero eso no lo puedo publicar aquí, porque me demandan. 
Salgo de la entrevista casi a las 9:00pm, la llovizna se convierte en aguacero que amainaría apenas a las 2:00pm del siguiente día. 

Me levanto con más pereza que ganas pues la lluvia es la cobija y el arrullo, salgo en busca de la entrevista con el curaca, el primer intento fallido me lleva a tomar fotos del lago el Correo, de los insectos que se dejan, la lluvia se arrecia y entonces mientras estoy desarmando el trípode y empacando la cámara, el sonido de la respiración de un animal me asusta, es un delfín rosado a menos de 10 metros, no me pidan foto, imposible, solo les diré que son mas grandes de lo que me imaginaba, no porque sea la primera vez que los veo, sino porque estaba muy cerca. 

Hago otra entrevista, busco nuevamente al curaca y termino almorzando en el restaurante en Las Margaritas que no solo, no participa en los procesos de sostenibilidad del municipio, sino que además de concentrar la venta de almuerzos a los turistas sin dejarle nada a los locales, ahora permite que los extranjeros mochileros jipipandrosos canten dentro de su restaurante a cambio de monedas, en francés, alemán e inglés (muy de la cultura local). 

Con la indignación de ver como todos los impactos perversos del turismo son cada vez más graves en Puerto Nariño, llego al hotel a tomar la siesta, no me percato que está haciendo sol y desperdicio las dos horas para haber puesto a secar mi ropa y maleta que están empapadas. 

Hago mi tercer intento de entrevista al curaca, tampoco lo logré, me fui entonces detrás de un águila, caminé y caminé hasta donde el camino desapareció, olvido que es el Amazonas y que en las tardes los mosquitos no respetan, de repente tengo hasta seis mosquitos en cada mano, son tantos que con solo una palmada mato cuatro y dejan mi sangre en los dedos, son tantas picadas que los dedos se hinchan, pero me encontré la familia del águila. 

De regreso, grillos, arañas, mariposas y el barro, hacen lento el caminar, pero la tarde está llegando a su fin, dos ranas divinas atraviesan el camino y por andar tras de ellas por una foto, me pican los mosquitos en la cara, hacia rato no tenía esa sensación de adormecimiento, el precio de una foto que nunca salió bien. 

Son pasadas las cinco, estoy a más de 20 minutos del pueblo y recuerdo que no he comprado los tíquetes de la lancha de regreso, tocará madrugar. 

Mientras regreso al hotel, caigo en la cuenta de que cada vez tomo menos fotos a la gente, veo tantos retratos que serán perfectos, pero pienso en si les haré un mal fotografiándolos, esos modos de vida que me atraen, están en peligro porque el turismo sigue llegando y transformando, porque quizás otro visitante alguna vez compartió fotos de esta cultura y muchos quisieron venir a conocerla, y detrás de ellos llegaron otros para tratar de ganar dinero con el turismo, y así estamos hoy.

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