Luego de más de cuatro meses de estar pudriéndose en el potrero junto al portal, la ciudad de hierro finalmente se fue. Desde su llegada hace unos seis meses se presumía que su paso no tendría éxito, pues la economía de mercados y la libre competencia pudren hasta una ciudad, si tu ciudad no es competitiva se va.
En mis 51 años he visto varias ciudades de hierro, lamentablemente esta última aunque me trajo recuerdos de mi infancia en el 68, puso de manifiesto que la vida nos hace ser cada ves más hoscos. Seguridad, ohhhh seguridad tan evocada en estos días por dos presidentes. Pensando en la seguridad personal, no pude estar tranquilo, me preocupaba que mis hijos y nietos subieran a ese monstruo de patas apoyadas en ladrillos, con rodillas derruidas por el óxido, una montaña rusa que asustaba más por el ruido que por las caídas, una rueda de Chicago que parecía de Choachi por su tamaño.
Y pensar que en el 68 no me fije en las rodillas y pies de la ciudad.
El espectáculo tan solo duro dos meses, pero la ciudad permaneció abandonada cerca de 4 meses, sabía de pueblos fantasmas, pero no de ciudades de hierro abandonadas.
Pero finalmente se fue, ayer la vi partir, se fue con honores; lo que no recordaba del 68 era la forma en que las ciudades se van, recordé los 80´s cuando mi hijo mayor veía una serie de dibujos animados “transformers”; la ciudad se transformó, la montaña rusa se convirtió en trailer, pero lo más emocionante fue ver a la Rueda de Chicago trasformarse en araña, tejer su red, enrollarse sobre si y sacar las ruedas de sus patas…
Si, la ciudad se fue, quise tomarle una foto antes de irse pero no me dejaron , pues los recuerdos de la ciudad no se guardan como imágenes, se guardan como emociones…
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