
Con la ilusión de volver a ver a Zlop, con las ganas de volverme a parar frente a un auditorio, con la alegría de ver a Rodri, con la normalidad que me provoca esta feria, emprendo un nuevo viaje; la niebla es compañera de carretera, llego a Neiva, ciudad que nunca me ha gustado pero que en esta oportunidad y gracias al invierno se siente más fresca.
Tarde me encuentro con Zlop invitada desde las tierras australes esas que le que han quitado su acento paisa y le han dado un toque de consultora latinoamericana que tanto quería; Rodri quien conserva su acento gomelo y su pinta de latinlover, Vanessa quien años después sigue siendo una de las bellas empresarias del biocomercio que produce maripositas... y muchos muchos conocidos de los que poco a poco recuerdo nombres.
Las correrías propias de las ferias, el desorden propio de las instituciones públicas, las locuras mentales propias de quien escribe, son lo normal en los dos primeros días; pero viene el 19 de noviembre, no sólo es el cumple de mi madre, es el día de mi ponencia.
No suelo ponerme nervioso antes de hablar en público, suelo manejar la presión; sin embargo, esos rostros conocidos que poco a poco recuperan su nombre fueron creando y alimentando un sustico que se acrecentaba: que mi nombre, que mis presentaciones guau, que desde hace rato querían ver una de mis ponencias, mucho a mucho, sentía que las expectativas crecían, aún no sé porqué, no me gusta generarlas, no espero que esperen mucho de mí.
Lu, mi hermana, consideró que ya era justo volverme a ver en público luego de aquella última vez hace 30 años cuando cursando kinder declamé una poesía el día de la madre, de forma que los nervios se habían apoderado de mi.
Se llega el día, las 8:00 son las 9:15am en Neiva, pocos para las primeras charlas amainan el susto, hago lo de siempre, escucho a quienes me anteceden para unir temas. Se llega la hora, subo a la tarima y 600 personas hacen el prime time, los nervios reaparecen, las manos tiemblan, respiro profundo y allá voy. Cálmese me dice John el asistente de sonido.
Los primeros treinta segundos son indescriptibles, se acelera el corazón, tiembla la voz (por dentro), descubro los rostros conocidos en el público y pronto los olvido, debo olvidarlos, el corazón se calma y el guión que me armé, por fin aparece, de ahí en adelante todo fluye, tan bien que mientras camino el escenario explicando la importancia de señalizar y delimitar senderos, caigo, si caigo y me salgo de la tarima.
Milésimas de segundo y de un brinco regreso, ¿ven la importancia de señalizar? les digo, me reincorporo y me burlo de mi caída, los aplausos en medio de la charla, continuo, termino y nuevamente los aplausos; me siento y los españolotes que me antecedieron me dicen “estupendo”.
No pagan por esto, pero siento que es de las cosas mas satisfactorias y divertidas de la vida, camino entre los stands mientras quienes me reconocen me felicitan y me dicen “¿cierto que fue planeada la caída?, le salió perfecta”, respondo con una sonrisa; la mujer de amarillo de hace unos post me espera en el café y me dice que al verme frente a todos dijo orgullosa "yo lo conozco, he asistido a talleres con él", nuevamente sonrío...Recuerdo entonces aquella presentación hace 30 años cuando estaba en kinder, ¡gracias madre por enseñarme que hacer el ridículo no importa!.
Se llega el sábado y Lu se une al combo para irse a termales, lo malo es que descubro que no estoy en el combo, de forma que la tarde es para hablar con Astrid, quien me cuenta sus viajes alrededor del mundo hasta la 1:30am, joder, la primera noche en el hotel no dormí por el tractor que dejaron encendido en mi cuarto, la segunda por la pareja de ancianos con quien compartí cuarto y esta porque Astrid sigue con la hora francesa.
Se llega el domingo, espero a que llegue la hora del vuelo para descubrir que quienes me invitaron no me dieron tiquetes, busco algún cupo pero es domingo de feria, no hay nada qué hacer, horas de carretera me habrían de esperar; me quejo conmigo, las quejas con otros lados no tienen eco
¿Y Zlop?, tristemente en suma nos vimos 40 minutos, hablamos 15 minutos, almorzamos una vez y quedamos con las ganas enormes de seguir hablando, eso si, el abrazo al vernos en medio del auditorio durará un buen rato.
1 comentario:
ay mi cuate! que corto es el tiempo. Me has hecho reir mucho con tu relato, eres lo maximo, y como me pierdo tu caida! justo me saco la mujer de los dineros en el momento del shows.
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