
Un par de días en Bogotá y continuo con el periplo, esta vez en Antioquia. El súbito insomnio hizo que a las 4:00 am apenas hubiera dormido dos horas, 5:00 am en el aeropuerto, 7:00 am en Rionegro, 7:45 am en el Hipódromo y a esperar. Desayuno con un café y luego de una hora un viejo Dodge por fin aparece.
Con un sueño que me tumba subo al bus y junto a mi un anciano amable que también va a San Rafael me conversa y de paso me impide dormir. Dos horas de carretera, Guatape de un lado, el Peñón del otro y a las 11.00 am llego a San Rafael, otro pueblo igualito a todos los pueblos que visito últimamente.

Cambio de maletas y la tricimoto es el transporte hasta San Carlos por una carretera en la que me siento de paseo: sol, montañas, bosques, la brisa en la cara; pero no es paseo, un puente volado por la guerrilla hace años me trae de vuelta a la realidad, me dicen que voy por la carretera buena pues la otra la guerrilla la dejó peor.

Sobre las 2:00 pm llego para iniciar taller, jóvenes con ideas geniales y las mejores intenciones hacen ecoturismo, educación ambiental, protegen especies y esperan ansiosos la bonanza del turismo. Mientras los observo trabajar me cuestiono nuevamente sobre las ideas locas, los sueños imposibles que muchas veces se venden en estos municipios; pero aquí hay con qué, mejor con quién, me digo mientras pienso en alguna estrategia.
Se acaba la jornada, son las 6:00pm, llevo 8 horas de viaje y 4 de taller, Marleni me dice que no hay hotel; tomamos una tricimoto de regreso a San Rafael, para así completar más horas de carretera.
Muy tarde llegamos al Gran Hotel, desde Fort Collins Bones quien desconoce mi jornada, me llama en lo que para ella son las 10:15pm del día de acción gracias, que para mi son las 00:15 de un día eterno; no obstante su rostro así sea pixelado por la calidad del wifi es la alegría que amaina estas 20 horas que llevo despierto. Lo confieso, tan pronto supe que estaba con sus amigas de maestría apagué las luces para que no viera mi cama en cemento y las mesitas en baldosa del hotel.
Al día siguiente, el turno es para San Rafael, donde no sólo crece el número de asistentes sino la edad promedio, doña Miryam, doña Estella, dos hermanas y sus primas de apellido turimo, hablan de turismo, no habrá tantos jóvenes ilusionados como en San Carlos, pero las viejitas son muy divertidas, prometen volver.
Lorena, trabajadora de la alcaldía me espera hasta el final:
-¿siempre eres así?, ¿has trabajado con comunidades más de base?. Me pregunta con una cara que no logro descifrar.
- Si he trabajado con comunidades de base, con campesinos de varias regiones, con indígenas, raizales y afrodescendientes; y no, no siempre soy así, cada comunidad, cada lugar es diferente.
- Eres fuerte, eres enérgico, me sorprende como mantienes a 35 personas 4 horas atentos todo el tempo.
- Respondo con una onomatopeya de aceptación mmmm, es lo que me apasiona.
Una noche más en el Gran Hotel y el sábado es para el viaje de regreso, mientras espero observo nuevamente este pueblo, los rostros y pintas del paisa tradicional, observo los bosques secundarios que nos rodean, ¿qué fue lo que más te gustó del pueblo?, pregunta Robin, - lo que está afuera le respondo.
Nuevamente en un viejo Dodge, un taxi, un colectivo y un avión; Bogotá, fría, solitaria, sin internet, sin TV y sin lavadora me espera.

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