sábado, 10 de diciembre de 2011

Chao México bye, viajero en luna llena


Como siempre que dejo lugares, los días se hacen un inventario de recuerdos que se construye minuto a minuto, las mismas calles y paisajes de los últimos meses cobran un sentido de nostalgia, el verde del bosque de pinos alrededor de san cris que se observa desde la ventana, el camino a la casa por en medio de un túnel de árboles que se deshojan día tras día, la casa de las ventanas, el moho, la humedad, el horrible colchón, el ruido de los vecinos, las canteras del frente.

El frío se ha tomado la ciudad, con él, las noches son mas largas y los atardeceres mas rojos, voy en busca de las comidas que me faltaban, el pollo campero que siempre quise, un asado de despedida y yo de chef.

Esta vez, extrañamente me despido de todos, del Hanasho, de la señora sonriente de la lavandería, de mi vecina Juanita, hasta de Pedro el del agua.

Disfruto de los últimos días de esta sensación de anonimato y soledad que descubrí en México, donde las prisas son pocas, donde el trabajo aunque mal pagado era de preocupación por mes, dedicación tres días; donde el ser extranjero me daba un anonimato visible. Aquí, los amigos son pocos y las charlas también, pese a las carencias había cierta paz de las afueras de la ciudad, que no miento, se rompía con los perros, los cerdos y la horrible música de los vecinos...quizás sea que busco qué extrañar, algo a qué aferrarme. Pero igual es la partida

Como hace un año cuando los conocí, Lalo y Helé nos acompañan  al aeropuerto, 5:00 am comienza el regreso- partida, entre las típicas bromas de Lalo, nuestros nervios y ansiedad, el árbol se ha hecho dos, lo mismo que la maleta lista desde hace un mes, cuatro despedidas en el aeropuerto con los latinos y la cara extrañada de los gringos para quienes la despedida era solo la del carro, los abrazos que sellan la promesa de que aquí, en Colombia o en Polonia nos veremos en el futuro.

Ahora, solo los dos, seis maletas y dos medios árboles, rumbo a Ciudad de México, el cielo despejado nos deja ver el volcán y el nevado como despedida, ya en el DF, el air train no tiene ascensor ni escaleras eléctricas así que nosotros y las mil maletas a paso de tortuga.

Con mucho tiempo para comprar cosas, las filas, las vueltas y los cambios nos dejan sin compras, sin áviso en las pantallas, sin indicaciones en ninguna parte el avión está cerrando el abordaje y debemos regresar a buscar migración, una sola persona para un aeropuerto internacional, por supuesto no hay compras. 

México check

Paso fugaz por Panamá para tampoco comprar nada, poco a poco el número de rostros colombianos va aumentando, ahora ya no hay espacio en los maleteros, nadie saluda, el vuelo se atrasa, luego sobrevolamos Bogotá pues no hay turno, luego 20 minutos más, antes de poder parquear, esa es Colombia, esa parte no la extrañé, aunque eso será del próximo escrito.

Hoy como hace tres días, la luna llena nos persigue, como posada sobre el ala del avión, es la misma luna de la llegada a México, la misma luna llena de mi viaje a EEUU hace meses, la misma de hace un año también a EEUU, la misma del primer viaje a la Encrucijada y a Leticia hace marras, parece entonces que me he convertido en viajero en luna llena.

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