lunes, 24 de diciembre de 2012

Adiós a la abuela

Tras mas de 26 años acepto con tranquilidad que la muerte de mi padre a mis escasos 10 marcó mi vida, de aquel niño acólito, católico, juicioso en el colegio, crítico en lo social, con dotes de artista y escritor, y con un muy mal sentido del humor, pasé a una madurez biche, conservando solo el mal sentido del humor y el espíritu crítico. Decidí en aquel entonces no volver a entierros, sepelios, misas, tampoco me volví ateo en ese momento, pero la relación con dios cambió, ver morir a mi padre hizo que a esa corta edad revaluara lo que pensaba sobre la vida, la muerte y las deidades.
Durante estos 26 años los sepelios a los que he asistido se pueden contar con los dedos de la mano, mi abuelo hace 12 años, él cercano a sus 90 me enseñó las bondades de la tierra, del agua y de las plantas, no me hablaba mucho, tan solo se sentaba junto a mi a ver los atardeceres y me invitaba a subir por el agua, de él aprendí a dibujar con las corrientes de agua.
También asistí al sepelio del padre de un amigo, de la madre de Zlop, del primo de Bones, a unas cuantas misas, tampoco me gustan las novenas y ya casi olvido el "yo confieso".
Y se acaba el 2012, sobrevivimos las falsas interpretaciones de lo dicho por los mayas, mi abuela siempre lo dijo, como lo dice mi madre, "el mundo se acaba para el que se muere". Es domingo y mi madre me llama a las 6:00 am, a esa hora supe que era algo serio pues nunca me despierta, "la abuela murió", en milésimas de segundo busco la respuesta adecuada, mientras recuerdo que en los últimos 10 años, tan solo vi a mi abuela cuatro veces, mal nieto, me digo.
Tomamos la ruta hacia el bello pueblito que la vio nacer y vivir por más de 80 años, la verdad nunca supe su edad, mientras recuerdo que a los 4 años mi madre me envío por primera vez a donde mis abuelos, mi abuela me regaló una ruana de lana gris y me tomaba de la mano. Recuerdo también que por ser el segundo nieto, fui el preferido hasta que nació el tercer nieto y pasé al olvido que llevó a mi abuela a decirme siempre Andresito; mi abuela, campesina acuerpada hija de maestra que no le enseñó a leer ni escribir, alguna vez me visitó en Bogotá y al verme trabajar en mi computador de escritorio, le dijo a mi madre que yo me gastaba el día entero viendo televisión chiquitica, que eso no era ningún trabajo, trabajo el de Andrés mi primo.
En su inocencia nunca entendió ni lo que hago, ni lo que soy, siempre le pareció horrible mi pelo largo.
Domingo en la tarde, me reencuentro con tíos a quienes no veía desde hace muchos años, primos que no veía desde hace décadas, incluso conozco primos que ni sabía que existían. 
Ser el mayor de los nietos (hombres) me incluye en planes a los que huyo, debo subir con los de la funeraria a recoger el cuerpo de mi abuela, yo que me niego a ver a los muertos y tras 26 años me enfrento a ver el cadáver de mi abuela, hubiese preferido guardar en la memoria la imagen de la última vez que la vi.
Sentados en el parque del pueblo, con Bones aguardamos la ceremonia de sepelio, mientras hablamos sobre las incongruencias de la religión católica y cristiana, es navidad así que la velación de mi abuela se hace a los acordes de música guapachosa de las festividades del pueblo.
Llega el momento, esta vez, como cuando mi abuelo, soy uno de los seis que cargan el ataúd, el colorido de la navidad pasa al negro por los cientos de asistentes que colman la iglesia, tras 20 años pasados la búsqueda de rostros conocidos se hace casi imposible, la familia que ahora es también desconocida tristemente no llora, nadie llora en este día, quizás porque es navidad y saben que mi abuela celebrará más cerquita de dios, de su Dios. 

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