miércoles, 19 de junio de 2013

Chile, volvimos. I- Santiago nublada y más bella

Con el objeto de un congreso de investigación, la U me envía a Chile y mi viaje comienza a media noche por aquello del precio de los tiquetes, eso si, dos días antes para tratar de ver a mi hermana y amigas. 
El renovado aeropuerto de Bogotá ahora si camino a ser internacional y mi encuentro con un cinturón abandonado en busca de su hogar, junto con el suponer los Andes que no dejan ver la noche sería el sueño de las seis horas siguientes. 


Santa mi crema para las ojeras, una mala noche desaparece en una sola pasada.

Aún sin que amanezca aterrizamos en una Santiago nublada, me alegro, ya no aplauden al aterrizar, Uribe estaría triste pues hace unos días confundió los aplausos típicos de los paisas al aterrizar con una ovación hacia él.

No se sí es niebla o smog, pero nada más allá de un kilómetro es visible.
La amabilidad de la que nos ufanamos los colombianos se hace polvo en los primeros cinco minutos del aeropuerto, yo desconfiado bogotano, soy ayudado por un taxista que me lleva a cambiar dólares, me aconseja no cambiar muchos pues los pagan mal, me ayuda a usar un teléfono público para lo cual le entrego mi iPhone y hasta me presta su celular para llamar.

El tiempo, el valioso tiempo que se hace corto, tan solo da para un corto saludo con la Pao y con Ivo, luego de más de tres años sin vernos. 

Recorro la ciudad, recuerdo algunas de EEUU, incluso de México. Las ciudades más ordenadas dejan a Bogotá como la más fea.
No importa la calle, no importa la comuna, si es edificio alto o casa chica, los árboles adornan las aceras y para mi fortuna es otoño cuando las hojas se hacen ocre y caen dejando a los árboles en su forma esquelética.

La ciudad en medio de la niebla y el smog que durante tres días no dejan ver el cielo, que no es cielo ni es azul, y el sol en el mejor de sus momentos se hace luna detrás de las nubes.

Rápido recorrido al mercado de las pulgas. Almuerzo de la comida tradicional, pero peruana que se ha extendido a lo largo del mundo, caminata por el centro de la ciudad, por los paseos, la arquitectura de siglo XX, los mimos que  enseñan a respetar las normas me recuerdan la Bogotá de Mockus. 

Lunes que se convierte en trabajo, la tarde sería para ir en busca de un abrigo que quiero y para cambiar los tiquetes del regreso a Bogotá. Los 500 dólares de mover mi regreso, cambian los planes y nos vamos en busca de los regalos para mi familia que mi hermana mandaría, ahora ya no habrá chance de fin de semana recorriendo Valparaiso. 

Las charlas con el esposo de mi hermana sobre su futuro, su trabajo y su enfermedad, me ponen a pensar. 

Admiro a mi hermana, salir a un país en el que solo conoce a una persona, hacerse vida, los primeros días la entiendo, salir te hace pensar en la calidad de vida, en Colombia no tenía buen empleo, el tráfico, la ciudad, las calles desordenadas.

Con el pasar de los días, y en su caso, de meses y años, la nostalgia de la familia y los paisajes con los que crecimos, que en su momento desvalorábamos, cobran ahora colores vintage y cálidos, las imágenes de la familia y la infancia, la finquita y nuestros bosques. 
Quizás ella no extrañe el paisaje rural, ni el urbano, únicamente el familiar.

Mi conclusión de Santiago, extraña sensación de extrañar, cuando ver a Pao luego de 3 años solo alcanza para 40 minutos y a mi hermana para 10 horas. Santiago me gusta más en esta segunda visita, Bogotá me gusta menos y las ganas de salir de Colombia se acrecientan.

Llego al aeropuerto rumbo a Iquique, pinches chilenos, comparten la mala costumbre colombiana de hacer fila cuando no se necesita. 
¿Por qué esa prisa por hacer fila como si les fueran a quitar la silla del avión o fueran a llegar más temprano?




No hay comentarios: