viernes, 9 de agosto de 2013

De vuelta al Putumayo

Las petroleras casi hacen del vuelo un charter en el que una trabajadora social, un preso, sus dos guardianes y yo, somos los únicos que no venimos en misión petróleo.
Desde el avión le encuentro el corazón al río Caquetá. 

De vuelta al aeropuerto de Villa Garzón, aquel del que escribí hace años pues el checking se hacía en una mesa de plástico, sin techo, sin nada, el despachador llegaba con su libreta de boletos de avión para llenarlos con bolígrafo. Hoy ya hay techo y hasta impresora.
No hay transporte a Mocoa desde el aeropuerto, el que hay es de uso exclusivo de los petroleros. Salgo a llamar un taxi, es hora de almorzar y justo veo un restaurante de carretera al frente. A la 1:16 pasará un bus hacia Mocoa, dice el dueño y mesero del restaurante, almuerzo en 13 minutos, pago en 1, paso la carretera y con la puntualidad de un tren inglés una pequeña van me recoge, abren la puerta y veo un grupo de indígenas músicos de la región con su familia y sus grandes tamboras, me alcancé a ilusionar con que cantarían, pero me conformo con escucharlos hablar en su lengua.
Villa Garzón queda en el valle de muchos ríos, el gran horizonte muestra la llanura, el otro horizonte el pie de monte que se junta con el gran valle. La carretera muestra fragmentos de bosque que se entremezclan con potreros cada vez más grandes y unas pocas vacas cada vez con más territorio (uso intencional del concepto antrópico de territorio).



Los imponentes Andes se ven cada vez más cerca, sé que es una de las zonas más biodiversas, se asciende y los potreros se hacen cada vez más chicos y cada vez menos frecuentes, ya veo la serranía de los Churumbelos que ahora es parque nacional, siempre me ha gustado el bosque lluvioso tan cerquita y las nubes atrapadas en él.
Pero vine a trabajar, visita a un centro experimental donde pronto se inaugurará un área de educación ambiental sobre fauna silvestre del Amazonas, así mi trabajo es recorrer senderos de etnobotánica donde la guía local, toma hojas de plantas en sus manos las frota y me las da a oler para que adivine qué son, luego ella me dice para qué se usan, pude sentir el olor a canela que confundiría a los conquistadores y que los hizo emprender viajes a través de la selva del Amazonas para darse cuenta que no es canela.

Vi una planta con pene y con vagina, no les muestro fotos pues el procurador me demandaría como a Soho.
Mi trabajo es también ver dantas, cerdos silvestres, anacondas, peces grandísimos, presos en este espacio, desgracias a que la gente los caza para tenerlos de mascota y ya no sobrevivirán en el bosque.


Mi trabajo es poder ver una boruga que luego de seis meses al fin sale de su escondite, mi trabajo es ver un grillo de ojos amarillos, tortugas, mi trabajo es pensar como hacer para que la gente venga a ver los animales sin que se interese por tenerlos en su casa.
Mi trabajo es ver tigrillos cuyos rugidos no merecen el diminutivo, me enteraría luego que uno escapó de su prisión para seguir siendo él, el cazador que aprovechó la oportunidad y se comió 10 guacamayas, es su naturaleza y luego no falta el biólogo que dice que no afectamos los ciclos naturales.


Salgo hacia Mocoa, al llegar me encuentro con las calles que reconozco rápidamente, al mirar la iglesia y la casa colonial de la esquina del parque, Mocoa parece una foto sin tiempo del último siglo.
De Mocoa me encanta que a donde mire las calles siempre terminan en el verde del bosque de piedemonte.



Mi trabajo durante los siguientes sería con otros animales, esta vez hablar con los de mi especie.
En mis viajes trato siempre de darme una escapada y conocer la región, la gente dice envidiar mi trabajo pero he tenido viajes a Santa Marta y otros lados en los que llego en la mañana a una oficina, trabajo el día entero y me regreso en la tarde, sin siquiera haber visto la playa.
No quería que me pasara, el sábado que era libre, se va viendo cortado por las reuniones que no se pudieron el viernes. Vé el mariposario me dice Mireya, no me contesta Mildred, eso ve que ella esta allá.
Un taxi me lleva a 8 kilómetros, junto al río Pepino (intuyo que el nombre se debe al color de sus aguas), un muro de roca y una flecha indica la entrada, hago equilibrio junto al río y me pregunto por qué traje mis zapatos citadinos a esta aventura.



Con el fuerte sonido del río a la izquierda y el verde profundo del bosque camino solitario y me siento en la más aventurada experiencia, es el bosque en su esplendor, árboles de todos los colores y tamaños, plantas chicas y grandes, musgos, líquenes y bromelias, cada árbol es un ecosistema con diversidad de especies que conviven (figura metafórica estimados ecólogos).
Llego al mariposario y hago sonar la campana, nadie sale y no entro pues un aviso así lo indica, lo mismo que las huellas de un perro que presumo grande ¡No hay nadie, perdí mi viaje!
Luego de media hora de sudar por el calor y la humedad, doy el salto y caigo dentro, dos pastores alemanes vienen a recibirme y por fortuna un guía también. Allí me encontré por supuesto con mariposas. También vi el párvulos de monos de varias especies que vinieron para readaptarse y vi llegar a las familias pasar a recogerlos.



Una familia de guacamayas son padres, con sus plumas desordenadas y crespas que denotan su juventud, pavas de monte que se esponjan y se hacen punquetas, ¿quién no se emputaría si lo tienen preso y le molestan la vida?
No me resistí a subir a la casa de la ceiba, había visto varias en fotos pero ya estando aquí, asciendo los 25 metros para poder verme rodeado de las montañas de bosques.




Se acaba el día, debo regresar y me espera el bosque, más protagonistas del pequeño mundo se mimetizan con las hojas. Pese a mi fobia al agua no me resisto a treparme en las piedras del río para las últimas fotos. Salgo a la carretera solitaria que cruza la selva, habría que esperar 20 minutos para que el bus intermunicipal me regresara a Mocoa.
Madrugar en domingo para regresar a la ciudad, ahora el transporte al aeropuerto está garantizado pues me llevará el encargado del chequeo, las últimas fotos y faltando 20 minutos la vía esta bloqueada por un mortal accidente de motocicleta, me dicen que es normal en las mañanas de domingo pues los sábados la gente sale a beber.
Gracias a los petroleros y militares que van en el mismo vuelo, abren la vía y atrás queda nuevamente Putumayo.
Por ahora un beso de flora:



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