martes, 31 de mayo de 2016

Que la felicidad te atropelle

Me despierto en las mañanas con el cantar de las aves del jardín, luego las observo comerse las croquetas de Nirvana (la perra) y Kimosabi (el gato), entiendo que alimento al menos a 10 especies diferentes de animales. La primavera ha llegado, así que las flores y con ellas los insectos se hacen el nuevo objeto de fotografía. En las noches las luciérnagas vuelan por el bosque, mi jardín y hasta en mi cuarto. Así paso los días cuando me dedico a estudiar en casa.

Los sábados en su cotidianidad son paseos, ya sea porque ir al mercado me permite hablar con las mujeres indígenas que me venden las frutas, porque voy al centro repleto de turistas o porque ir al supermercado es la oportunidad para comer fuera o ver una película. A propósito, luego de seis meses volví a cine, y luego de 17 años volví a cine solo, Xmen doblada al español mexicano, la mala noticia fue perder los audífonos en el cine, la buena es que eso me permitió escuchar al Joe en el supermercado, me produjo la sonrisa que estoy seguro nadie entendió.

Las idas a estudiar son paseos que inician a las 9:45 am, si en este paraíso las clases comienzan a las 10:00 y estoy a 10 minutos en bici de donde estudio. Diez minutos en los que alcanzó a escuchar tres canciones, mientras veo el verde de los bosques en las montañas que rodean a San Cristóbal de las Casas. Cada clase, cada lectura es para mi un nuevo mundo que quiero habitar, una nueva puerta que quiero abrir, como niño en dulcería quisiera podérmelos llevar todos. 

En algunas de las clases la pregunta de apertura es ¿cómo está tu corazón? La primera vez que la intenté responder fue difícil, no es algo que se pregunte en Colombia y menos en una clase. Aquí soy feliz, respondo casi siempre. La sonrisa de quien me pregunta es divertida, es un "me late", expresión que solo vine a entender hasta ahora. 

Esto que les describo es mi nueva vida, una vida feliz en la que vivir solo no pesa, tampoco pesan las cargas del pasado de mi otra vida de hace solo cinco meses. Aunque por momentos me cuestiono el no hacer nada en un fin de semana, el levantarme tarde, el no ir al mercar en sábado, sé que son esos rezagos de esa vida pasada de presiones y afanes. Esta nueva vida es también la de tomar decisiones sin consultar, lo que implica asumir las consecuencias, pero igual no hay nadie que me las evalúe. 

Ayer por ejemplo me compré un carro rojo, lo quería desde hace años, celebramos con Nirvana que dio tres vueltas a su alrededor, luego aprovechando el impulso, escribí un par de ensayos, de los tantos de estas las semanas más pesadas hasta ahora. 

Hoy recibí un correo de la facultad en la que trabajaba, me cancelaron un módulo de clases que daría en un mes porque a los estudiantes no les caigo bien. No voy a negar que me enojé al nivel empute, luego, caí en la cuenta de que justo me enojaba algo de esa vida pasada, entendí entonces que parte de esta mi nueva vida feliz implica romper los vínculos y las cargas de ese antaño próximo.

Zlop me preguntó hace unos días cómo estoy, le contaba que me preocupa ser tan feliz, se rió y luego me dijo ¿por qué?, porque no estoy acostumbrado a ser feliz...  Recordé luego que cuando me despedía de amigos, compañeros y alumnos les solía decir "que la felicidad te atropelle". 

Quizás sea eso, literalmente la felicidad me atropella con una fuerza tal que me revuelca.

lunes, 16 de mayo de 2016

A mi padre, 30 años después

Hace treinta años me presenté a un concurso de cuento infantil, era una historia política, crítica a las elecciones de ese año protagonizadas por Buque, Cortado y Canal. Antes de entregar mi cuento, le había pedido a mi padre que lo revisara, recuerdo que en ese momento él leía la prensa y me dijo "usted qué va andar escribiendo, luego usted qué sabe", no lo leyó.
No era la primera vez de ese tipo de reacciones, cuando terminé Kinder con un promedio de 5.0 sobre 5.0, me dijo que debía mejorar, que si lo hacía me daría una bicicleta. Creo que por eso no me la dio cuando en primero, segundo y tercero el promedio fue 4,99, no había mejorado.
Yo era el típico niño que todo lo cuestionaba, en el colegio, en el hogar era callado, no cuestionaba a mis padres y para mis tíos era el "huevón", había que ver a mi hermano el avispado.

Mi padre era un poco extraño, creo ser de los pocos niños a los que su padre lo castigó golpeándolo en función de sus logros académicos: ¿cuánto se sacó hoy en el colegio? - 5,0 respondí, fueron cinco fuetazos, por fortuna fui el primero de la fila, mis hermanos decidieron que ese día les había ido mal, así que solo recibieron un fuetazo.

Busco y busco en mi memoria los recuerdos bonitos con mi padre, quizás uno de pocos fue cuando me regaló un muñeco nadador, aunque es extraño porque le tengo fobia al agua. Es triste, la mayoría de los recuerdos son negativos, sus largas ausencias, su fervor religioso, sus contradicciones, sus injustos castigos.

Era el viernes 16 de mayo de 1986, luego de sus habituales viajes, mi padre llegó con el teléfono anaranjado para la casa. Después del colegio y de almorzar, mi padre y yo subimos al techo a reparar una de las tejas plásticas que se había roto, arrodillados en las tejas de eternit, él remendaba y yo le pasaba las herramientas. De repente lo vi caer por la teja que estábamos reparando, una fracción de segundo y ya no estaba junto a mi. Corrí como loco, mi madre  también, tuve que salir por la casa de la vecina para poder llegar a la mía. 

En la sala, mi padre estaba inconsciente tendido junto al sofá, sangre brotaba por su nariz. Los vecinos vinieron a socorrerlo, recuerdo que uno levantó su cuerpo, lo llevaba hacia un auto y unos pocos metros antes de llegar a la puerta dijo "Este señor ya está muerto", lo regresó al lugar del que lo había recogido, le pusieron un espejo muy cerca de la nariz, le buscaron el pulso, en efecto se había muerto. Vi morir a mi padre.

En eso momento reinó el caos, me recuerdo llorando desconsolado junto a mi hermana mayor, mis hermanos menores eran aún muy chicos y aunque ya les habían dicho qué era la muerte, no alcanzaban a entender que nunca más veríamos a mi padre. Llegó medicina legal e hizo levantamiento del cadáver, al regresar de la lavandería de traer el vestido para mi padre, recuerdo la mano de un policía en mi garganta para no dejarme pasar, "es mi casa, era mi padre", le dije.

La vida nos cambió ese día, mi madre a sus 36 años tuvo que volverse padre, negociante, administradora. Yo a mis 10, me convertí en el hombre de la casa, nunca más hubo juegos de niños para mi. Al año acompañaba a mi madre a negociar, administrar y yo ya sabía conducir. Eso hizo que para mis hermanos menores yo fuera el padre, para mi hermana mayor yo fuera el hombre, que en una sociedad machista significa que yo decidía lo que ella podía o no hacer. En ese momento me pregunté qué sería de mi vida diez, veinte y treinta años después.

A los tres meses de la muerte de mi padre, participé en un concurso de pintura, recuerdo que me entrevistaron en el noticiero y eso me hizo famoso en el barrio, mi obra era una crítica a la exclusión social. Luego de eso, nunca más participé en concursos de cuento, ni de pintura. 

Hace 30 años me gané un concurso de cuento y uno de pintura infantil. Me cuenta mi madre que cuando mi padre se enteró de que había ganado el concurso, leyó el cuento y le preguntó ¿Cómo Fredy puede escribir algo así?, dice mi madre que mi papá quizo felicitarme, decirme algo, pero justo ese día se murió.

Perdonar a mi padre ha sido uno de los procesos más difíciles en mi vida, sus duras críticas, sus inexistentes muestras de afecto, sus ausencias en vida y su ausencia con la muerte, determinaron lo que soy.  
No creo en dios, por lo menos no en un creador, no creo en la vida después de la muerte, ni en infiernos, ni en paraísos, así que solo puedo decirte que espero que dónde sea que estés o lo que sea que seas hoy, seas feliz y estés en paz, te perdono papá.

martes, 3 de mayo de 2016

La iglesia ecológica de los próximos días

Nunca sonaron las campanas, el llamado se hizo a través de las redes, "Leonardo Boff viene a San Cristóbal de las Casas". Por la curiosidad de conocer a uno de los teólogos de la liberación más famosos del mundo, al fin asisto a un evento socioacadémico en la ciudad. 

Tarde me da por tomar un taxi que me lleve desde el píe de la montaña en la que vivo,  a la zona más norte de la ciudad, esa que ni siquiera sabía que existía. Entre las mil curvas y desvíos, con el susto que caracteriza a cualquier bogotano que va en un taxi sin conocer la ciudad, por fin veo incrustada en el píe de la montaña la universidad enterrada. 

Ni avisos, ni señales, los grandes portones de madera abiertos de par en par, son resguardados por dos niños cuyas únicas palabras son para responder el saludo. Sin saber dónde es, sigo la bolita de hipies que se dirigen a la parte más alta, escucho música tradicional, entonces empiezo a pensar que voy camino de una reunión de una secta hipiánica, contemplo la idea de escapar.

Hallo el punto de encuentro, rastas, mechilargos, punquetos, mochileros, europeos, sudamericanos, mexicanos, gringos, se saludan... todos se conocen, de nuevo pienso en escapar. En el salón de la izquierda hay una fila que supongo es la de registro, en el de la derecha parece que están en reunión. Intento hacer la fila y me doy cuenta que es para repartir el pan y el café (no vino) en una copa de barro que me recuerda el Santo Grial de Indiana Jones. Paso al salón, en el frente hay una especie de altar, con una gran mesa en concreto, detrás de la cual hay una especie de urna de esas en la que se guardan las hostias. Miro hacia el fondo, el inmenso salón está repleto de gente de todas las edades, además de los hippies de múltiples naciones, también hay indígenas y ladinos de la ciudad.

El vistazo y encuentro a Pablo solitario en la segunda fila, le hago señas, hay sillas libres junto a él, así que luego de saludar a doña Rosita, me siento. Conversamos con Pablo sobre los rockstars que poco a poco van apareciendo, llega Pete el gran Pete de la Vía Agroecológica, sin que me conozca lo saludo y le indico que hay lugar junto a nosotros. Pablo me pregunta si sé quién es el tal Leo, le digo lo poco que sé, mientras detallamos que todos los de primera fila leen su respectivo libro de Leo. Entran después nuestros maestros, aquellos con los que estamos creando una secta por ahora secreta.

Hora y cuarto tarde, ingresa un hombre de más de 80 años, 1.90m, pelo y barba blanca, vestido igualmente de blanco de hombros a pies, con una bufanda roja y una cruz que pende de su collar. Nos ponemos de pie, todos aplaudimos y algunos victorean. Se sientan en el frente Leo, su compañera, una indígena Tzetzal, uno Tzotzil, un hombre joven de barba y una guera que ya había visto en los ecos del sur.

Comienza la plática, el maestro se pone de pie, dice una frase luego de la cual hace una pausa, toma asiento y da paso para que la Tzetzal y el Tzotzil traduzcan cada uno la frase que acabamos de escuchar en español. Esto va para largo, decimos con Pablo, entendemos la rutina así que ya sabemos que luego de cada  frase del maestro, tenemos tiempo para que Pablo lea y yo dibuje.

Tras tres horas de charla (en español 45 minutos), el maestro acaba su gran charla y nos invita a la cristiandad y la ecología, las cuatro ecologías, solo a través de ellas alcanzaremos la salvación de la Tierra. Dan paso a las preguntas y son más los extranjeros que con español chancleteado participan, hablan del zapatismo y suman a las 6 R de Boff, la de R de revolución. Las últimas preguntas son más bien plegarias.

Pablo me dice "bueno, se acabo la misa", ahogo la carcajada pues Pete continúa junto a nosotros y él es uno de los discípulos co-fundadores de la iglesia ecológica de los próximos días. "Podéis ir en paz", le damos las gracias al señor y Pablo ruega porque el sermón del maestro haya hecho mella en las almas caritativas para que nos saquen de estas lejanías.

Buscamos conocidos entre los asistentes, no hay, preguntamos dónde tomar las combis, caminamos y nuevamente preguntamos, "ya a esta hora no consiguen, pero si quieren los acercamos a San Ramón". El sermón ha servido, en un viejo auto, dos coletos, una nicaragüense y dos colombianos nos dirigimos rumbo centro. Nuestras almas compungidas se despiden y esperamos cada uno un taxi para nuestras respectivas humildes moradas (caigo en cuenta que mi casa es más bien roja).

Al siguiente día nos encontramos con uno de los maestros de la secta secreta que además estaba la noche anterior en la platica:

  • La verdad yo me fui, no soporté... es que cuando empieza a hablar de Cristo...

Me pregunté, ¿acaso qué entenderá este cuate sobre teología de la liberación? ¿qué esperaba entonces?

PD: en serio fue un evento con una energía muy bonita, una bella representación de lo que es San Cristóbal de las Casas, un símbolo de cambios de la sociedad y la cultura, cuna no solo del EZLN, también de varios movimientos sociales, ecológicos y por supuesto espirituales.