domingo, 2 de mayo de 2010

Villa de Leyva de ensueño

Pasadas las 5:00 am el norte es el destino, como mensaje divino la conversión parece ser el camino luego de una película cristiana en el bus, los dos CD cristianos de Roberto Carlos, la música cristiana que ambienta el café donde desayuné y las inscripciones cristianas en las llaves del hotel donde habría de quedarme.

Sin haber sido convertido camino las calles de la colonial Villa buscando dejar pasar las tres horas que le restan al trabajo de Mis Bones, entonces las tomas se hacen lentas y espero bajo un puente hasta que el sol suba para dar la iluminación perfecta.


Para quienes no la conocen, Villa de Leyva es un pueblo como congelado en el tiempo, techos de barro, paredes blancas que cubren el adobe y la tapia pisada; puertas y ventanas en madera verde, café o azul; algunos campesinos con ruana y sombrero en sus calles; paradójicamente son pocos los campesinos, pues se ha convertido en el sitio de artistas y diseñadores, de forma que ves un restaurante francés con una campesina vendiendo albahaca en su puerta.


Pasadas las tres horas, recorremos las calles en busca de un delicioso cordero acompañado de cocteles que en una plaza antigua son la base de la conversa llena de risas y lo que parece ser una vida de ensueño.

Un poco de alcohol en la cabeza no impide el paseo por esas calles empedradas que hacen flaquear los tobillos de los más fuertes, aquel claustro de un antiguo trabajo es el fondo de una moto que se cubre del sol bajo un árbol solitario.

El paisaje que rodea al pueblo luce las heridas del incendió que hace apenas dos meses estuvo apunto de acabar con casi todo, bosques chamuscados, bosques de árboles fantasmas se observan por doquier. A las afueras los muros desnudos dejan ver el barro, los techos cubiertos de flores son jardín.

Allí, en medio de su plaza, súbitamente se detiene, un beso, un abrazo, su boca que se acerca a mi oreja y el ensueño se hace frase ".... contigo por muchos años".


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