Con el mareo fruto de las horas de carretera, las curvas, el almuerzo de 5 pm y un calor que cubre el cuerpo de sudor, espero resignado a que salga el bus a Victoria, pues ya no llegaré hasta Samaná.
Mientras pienso en que en el último mes he recorrido cientos de kilómetros por carreteras que cruzan montañas y dejan ver una Colombia que no conocía, no hablo sólo del paisaje, de los bosques secundarios que parecen cubrir las vías, hablo de pueblos de los que las noticias hablan únicamente cuando se inundan o hay derrumbes, hablo de comunidades campesinas para las que los $2000 de un refrigerio son los ingresos que salvan una semana.
Mi trabajo aunque es el soñado, no es fácil, lo digo y siempre causa risas, "te la pasas de paseo, viajas, conoces y no estás una oficina", pero cuando esos viajes se hacen de semanas, cuando ni en los fines de semana descanso, cuando se suma el insomnio, cuando se suman las penurias y necesidades de las comunidades que visito, lo soñado se hace triste.Los cerros de Gualiva son la foto permanente en la ventana de los muchos carros en que me subo, me coge la noche, con ella todos los gatos son pardos así que debo preguntar si he llegado Victoria.
Llueve toda la noche y sigue lloviendo, las carreteras son pistas de motocross que debo recorrer para conocer los sitios turísticos; Paula una joven y bonita paisa es mi transportadora que se hace experta en el barro y los saltos, lo confieso tuve que tomarla fuerte de su cintura para no caerme de la moto.
Con las lluvias, los derrumbes y con ellos el cierre de la carretera y quedo preso en ese municipio, nadie va los talleres y creo que perdí este viaje. Lo mío no es grave, mientras recorro las veredas me enteró de las tragedias de familias que se llevó el agua.

Sigue lloviendo en este pueblo en el que la niebla es la constante día y noche, siguen las lluvias, menos mal con Gretta no esperamos a que escampara para ir a cenar, pues estaríamos allá. Se llega la tormenta eléctrica y parece que las nubes se unieran a la tierra con columnitas de agua, los flasches se disparan en menguante y las carreteras se han cerrado.

Un arriesgado y viejo Ford de los 80, intrépido nos lleva por la trocha recién abierta, justo antes de que nuevamente el derrumbe la cierre, ya en Victoria la historia se repite, las lluvias no cesan y esta vez estamos atrapados en este municipio, aquí no hay niebla, pero la lluvia es tan fuerte que conciliar el sueño es complejo, la mañana siguiente otro fracaso, nadie llega a la reunión, ni siquiera Estella que no se pierde ni la peluqueada de un piojo.
La constante en las conversaciones de las cafeterías es la carretera, si se podrá salir o no. Quién va a ir a un taller de ecoturismo cuando no hay vías, quien va salir a mojarse de cheveridad, quién piensa en esto con tantas tragedias en las noticias. Decido cancelar este viaje.
Mi regreso toma horas, la espera por los múltiples derrumbes sobre la carretera, el cambio de bus al menos tres veces, el almuerzo de rapidez; 11 horas eternas echando globos, se acerca el día, se acerca el viaje; justo cuando estoy bajando del taxi en mi casa me llama Bones, le quiero contar lo que han sido mis último cuatro días, pero se va de galería de arte.
Por ahora me sigo cuestionando, por ahora sigo echando globos, solo como de costumbre.
PD: hacía muchos años no veía la vitrina en la que el bombillo es la fuente térmica que mantiene las costillitas de cerdo en su punto...
Se veían buenísimas, lástima que no las probé.




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