jueves, 9 de enero de 2014

Vuelta al sur. Chile parte III: Región metropolitana

El tiempo se pasa volando y más cuando se disfruta. Sin darnos cuenta llegamos a la mitad del viaje y ya en unos días de vuelta al trabajo. 
De regreso a Santiago los días serían más calmados, visitar los centros comerciales, el centro de la ciudad, Bellavista, tomar el sol, disfrutar el verano, jugar con la nina, visitar museos, al amigo de Bones y hasta bañarse en la piscina de la casa de Caro. 

Mi hermana se suma al recorrido por Valparaíso y Viña del Mar, las calles que han inspirado no solo a Neruda sino a músicos también. El sol de verano en las playas y el azul del cielo me llevan a meter los pies en el agua, el frío genera una sensación extraña como cuando pides jugo de mandarina y al probarlo sabe a fresa.
De la Buenaventura chilena como Bones llama a Valparaíso, tomamos metro a Viña. Señores turistas, Valparaiso y Viña son prácticamente el mismo pueblo, así que llegar a uno o al otro es garantía de que llegarán al otro también. 
Por azares del destino y el hambre resultamos en un bistro donde el kirg y los vinos prenderían a mi hermana. 

El domingo es para el centro, la Chascona, el bohemio Bellavista con sus restaurantes y ferias. Justo la feria verde y almorzamos en un restaurante español donde la cerveza Inédit del chef Adria sería el motivo de prueba. 

Caro debe trabajar así que los tres días faltantes ya no nos podía acompañar, salvo a las cenas. Es Chile y es deber ir a un viñedo, no puede ser cualquiera así que escogemos a Emiliana, el primer viñedo certificado como orgánico en Suramérica. 

Degustaciones en las que se habla inglés con japoneses, estadounidenses, brasileños y chilenos. Luego plan romántico picknick. Mientras jugamos y nombramos las gallinas orgánicas del lugar, Constanza fruto de su constancia se llevaría el mejor queso, mientras Magola por ser madre recibió porción especial. 

Las tardes en la región Metropolitana estaban pintadas de vivos naranjas o fríos grises, esos atardeceres hermosos eran el resultado de los incendios forestales. 
Varias subidas en metro y sus buses integrados me recuerdan los 100 años de estudios del metro de Bogotá. 
Se acaba ya el viaje y las noches son de charla con Andrés y Caro, hablar sobre planes, recordar la infancia y conocer un poco de la infancia de Andrés en Chile, que me recordaron la mía en el campo con mis abuelos.
Llegan también las conversaciones sobre migrar, sobre los doctorados, sobre la ciudad en la que nos gustaría vivir.
Avanza la noche y con ella la nostalgia, ya mañana temprano se despiden los hermanos.
Aún no amanece y ya vamos rumbo en el aeropuerto, nos lleva el taxista que conocimos ayer y por casualidad nos dio su tarjeta.
Los viajes no se acaban con subir al avión, los Andes acompañan en la ventana y se puede ver la transición hacia el desierto y luego el Amazonas donde las lluvias y nubes ponen la pantalla en blanco.
De nuevo en Colombia, pero con los pensamientos fuera, las ganas de compartir más tiempo con la hermanita, las ganas de vivir en una ciudad tranquila y las ganas de volver a vivir fuera, se juntan, es 2014, año de decisiones.

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