sábado, 14 de julio de 2018

XLIII

Se llegaron los XLIII, quise no levantarme por el nudo en la garganta que me acompañaba en esa mañana.  Muy temprano recibo los mensajes de mi madre, luego los de mi hermano, así, mi intento por dormir hasta tarde se disipa. Vendrían después saludos de otras latitudes, del resto de la familia, también los de las ahora amigas de aquí pero vienen de los mismos Andes en que nací.
No hubo, como no hay desde hace años, los típicos detalles matutinos; aparte del nudo en la garganta,  la compañía es Kimosabi, el gato. Mi menú consentidor es arepa, tocineta, huevos y café colombiano, quise vino al desayuno, pero los ánimos no me dieron, la botella sigue en la nevera. Empieza luego mi lucha interna por obligarme a salir.
Busco la pinta del día, unas medias de gatos, el resto está jodido, la ropa preferida anda toda en la lavandería.

La ex-estudiante con quien planeamos celebrar pero tuvo un viaje, regresó antes, me invitó a almorzar, ya sabe de mis temores por encontrarme con la brisa del Combeima y junto a ella el viento frío del Cauca bogotano. Sí, hasta el Sur del Norte llegan en verano ventarrones andinos. 

Por el camino una camiseta de monstruos tiernos, se junta a los tres muñecos que serán mis tres regalos. En el restaurante me encuentro con mis primeras clases de género en México que incluyen su marco. Marcela, la ex-estudiante, me regala flechas lacandonas que ella hizo con sus manos, me habla de sus viajes, nos reímos, caminamos por postre, me hace bulling, me promete café colombiano y luego una lagartija es la aclaración. Yo quería vino, así que la invito, allí se nos junta Clara, de nuevo más risas. La brisa me cuenta que me ha visto, sí, la brisa observa.

La noche es joven, Clara me lleva a las famosas quesadillas de Lupita, sorpresa, yo ya había estado aquí hace siete años pero no era aquí, sino más allá. Ahora me presentan dos chilenas con quienes recuerdo a Pao y Valdivia; de nuevo Marcela la estudiante y junto con cinco mujeres voy a la inauguración de una cervecería artesanal. La cerveza mala y el ambiente hippie no aptos para mi edad, ni la de Clara, nos harían escapar, todo cerrado, resultamos en el Puro Mexicano, allí Agnes sorprendida con mi presencia, me daría un fuerte abrazo y un coctel de cumpleaños.

Más conversas, más risas, cada vez temas más profundos, vinos, cervezas, mezcal, las 2.00 am, este ritmo ya no se aguanta a los XLIII. 

En la mañana luego de cantarme las mañanitas por WhatsApp, Clara me había dicho que hoy me dejara querer, así hice o al menos, así lo intenté.


No hay comentarios: