El iphone que no llegó, las citas que no me dieron, San Andrés que ahora ya no, la batería por ser de litio está descargada e imprimo el e-tiquet equivocado, voy a Neiva y traje a Leticia en el bolsillo.

Tarde en la noche atravieso Bogotá en medio del caos político y de vías de la 26, ruta eterna, fila eterna, periodistas que se reúnen a hablar en el sitio de recepción y nos impiden seguir; el tonto editor general que le coquetea a la chica nueva con la arrogancia de su cargo y su "conocimiento" del medio. Larga espera mientras una desconocida me pregunta a dónde viajo y si soy casado, al fin el vuelo, al fin Neiva.

Media noche y el sueño no llega, pero hay que obligarlo, un ruido fuerte me impide lograrlo, pienso que es el aire acondicionado, lo apago para descubrir que la fuerte lluvia se convirtió en la compañera que ronca y no deja dormir.

En medio de lloviznas y bajo un cielo gris llego al desierto de la Tatacoa, hay tiempo para recorrer los laberintos creados por siglos de erosión, hay tiempo para ver las siluetas de personajes imaginarios que los habitan, para armar zoológicos de arena, para cumplir la tarea de mirar sin pensar; con la alegría que producen frutos fucsia sobre cactus verdes, tierra naranja agrietada que se hace muro en el que aparecen ventanas sin marcos, aparecen una pareja de mirlas que han hecho de un cactus su nido, las espinas que las protegen impiden las fotos.
Águilas y halcones se posan sobre troncos solitarios, la ausencia del tele impide mostrarlas, el calor llega y con él debemos marcharnos.

Almuerzo típico, lechona con jugo de cholupa; listos para la ruta del cacao que como las mirlas inician en el nido, en el vivero Pedro me habla de injertos, de clones 55, 56, LH, RS; de abuelos que dejan sus ramas para que jóvenes cacaos tomen su fuerza y su producción; el cacao nace verde, madura rojo y se cosecha amarillo; los injertos hacen que un árbol tenga frutos de dos tipos, amarillos y verdes igualmente maduros, recordé el caso de la francesa que tuvo gemelos, uno morenito y el otro rubiecito.
Pedro abre un fruto maduro, un racimo de pepas blancas salen de su interior, me dice que las pruebe que son afrodisíacas, respondo con sonrisas; un sabor parecido al de la guanábana pero más dulce, sin cuidado boto las pepas hasta que Luis me dice que de esas pepas es que se saca el cacao, nuevamente las risas y me devuelvo a colectarlas.

El cerebro intenta cumplir la tarea de dejar de pensar, por momentos lo logro, por momentos no es más que el paisaje y yo, la cámara que no hace lo que quiero, el tratar de ayudar a las comunidades que sueñan con el turismo; pero la mente vuelve, con las baterías bajas y el litio descompensado...un mensaje de cinco palabras y una llamada de dos minutos suben las rayitas de la batería.
Se llega la noche, las montañas se hacen silueta y pronto la luna llena aparece y pienso que hoy es luna y media, nos detenemos para tres fotos (perversas), llegan los insectos y heme en el hotel, nuevamente me acompaña la soledad, pero hoy no ronca.


No hay comentarios:
Publicar un comentario