
No me importa que sea Cali, quería agua caliente, un hotel muy regular en la ciudad más grande del viaje.
Con la dirección errada llegamos 10 minutos tarde, nos espera Vanessa, casi dos años sin verla, “muy buenos días, seguí”, un dulce acento valluno hace juego con un rostro angelical, una silueta angosta y sinuosa, sumada a su inteligencia completan el cuadro de la empresaria joven y exitosa que tanta admiración despierta.
Con la dirección errada llegamos 10 minutos tarde, nos espera Vanessa, casi dos años sin verla, “muy buenos días, seguí”, un dulce acento valluno hace juego con un rostro angelical, una silueta angosta y sinuosa, sumada a su inteligencia completan el cuadro de la empresaria joven y exitosa que tanta admiración despierta.
Un vistazo a su almacén y partimos al zoocriadero, pasamos por Palmira, Vanessa nos guía a través de la ciudad, le complemento sus comentarios, -“ve y vos por qué sabes”…
Nos detenemos a desayunar en una panadería, huevos revueltos, arroz, café con leche y pandebono.
Retomamos el camino dejando el valle y subiendo a la montaña. En el corregimiento la Buitrera, vereda el Arenillo, encontramos la empresa soñada de biocomercio.
13 familias de la zona sacaron los pollos del galpón y ahora crían mariposas, más de 20 mujeres se han convertido en madres sustitutas de larvas y prepupas, hombres de manos fuertes las usan para recolectar delicados huevos de mariposas. Vanessa en el centro de la oficina recibe de cada mujer las preciosas gemas verdes, plateadas y doradas, la magia de la vida en pupas que duermen en colchones de algodón.
Si ayer las protagonistas estaban dormidas, hoy cientos de mariposas de diversos colores y formas nos rodean, Germán no sabe por dónde comenzar, seguir, terminar. Mariposas en cortejo, en flirteo y hasta en aquello. Huevos, larvas, pupas, flores, niños que juegan, familias que liberan el 10% para repoblar la región; qué puedo decir, es la magia total. Como acto final, conocemos a la chica punk, la larva de la morphos, si la niña de esas musas azules que nos tuvieron media hora para dejarse tomar una foto con las alas abiertas.
De regreso en la ciudad y sabiendo que es imposible ver las ranas venenosas que pidió José, nos detenemos en un restaurante típico, de entrada que se convirtió en salida, unas marranitas, entiendo el nombre más no el diminutivo. Luego de visitar 5 veces esta región sin probarlo, un sancocho de gallina es mi elección, veo el plato y pienso, ¿cómo harán las vallunas para comer tanto y mantener esos cuerpos?.
Tres horas en el almacén con los productos finales, Vanessa corre, atiende los clientes y prepara 500 pupas para exportar, quisiera quedarme en este mundo de magia, sé que me tengo que ir y sé que puedo llevarme parte de la magia.
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