El Parque
La quebrada seca me lleva con mis maletas a través de la Isla de la Fantasía en una caminata de casi un kilómetro río seco adentro hasta abordar la lancha, 90 minutos y estoy de regreso al Parque Amacayacú, a otro fugaz paso como el de unos años atrás. Otra vez no me sorprende, cuando te hablan de los cientos de miles de hectáreas del Parque te imaginas la inmensidad de la selva que luego de recorrer un sendero de 400m se hace desilusión; el premio las lagartijas, las mariposas de 13 cm azul metalizado e iridiscente.
Cristobal el guía ticuna, se sienta junto a la ceiba de 400 años y 50 m de altura mientras yo corro tras de mariposas; John Fredy de voz suave que apenas deja escapar las palabras a velocidad lenta, salvo su rostro, es el mejor de los meseros que cumple el estándar internacional; los chinos de la China comen en la mesa de al lado, me observan mientras disimulado observo sus extrañas costumbres en la mesa; más tarde me preguntarían This is your first time in Amazonas, are you a tourist, where do you from…respondo todo en mi básico inglés hasta el momento en el que les digo que soy colombiano y ellos se ríen pues juraban que era europeo.

Mocagua
Henry Dosantos, guía ticuna me lleva por un sendero que en épocas de lluvia requeriría lancha, hoy cruzar la quebrada Matamatá sólo requiere de un brinco, atravesamos chagras de sus abuelos donde los niños comen mango y papaya, los mayores cogen plátano y el cacao se pudre al caer en la tierra.
Mocagua es una comunidad de apenas 600 habitantes, entre ticunas, yaguas y cocamas con cuatro iglesias diferentes, eso si todas con un solo Dios; sus casas en madera se unen por callecitas de cemento sin que la cuadrícula sea evidente, la comunidad se extiende como una red alrededor del lago de las Victorias y la cancha de futbol. Mientras recorro el pequeño poblado y luego de años de viajes veo una babilla en su ambiente natural buscar el sol de medio día a través de un lago, el éxtasis de observarla llegaría cuando se sube en una victoria regia… ¿por qué no tengo un teleobjetivo?.

La luna llena aparece, el día se acaba y con el atardecer llegan nubes de insectos despiadados, es septiembre no es octubre sin embargo la llegada de la noche trae bandadas de murciélagos, es como una película de terror de esas que vi en la infancia; tranquilízate F, esos se comen los insectos.
En hamaca luego de años, en una casa con techo y sin muros paso la primera noche, al amanecer el merecido baño, baño en el río, nada menos que el Amazonas, mi bautizo dice Henry.
Macedonia
Entrada la tarde subo el empinado puerto de Macedonia hasta la casa del artesano, no hay lugar a más paseos, un jaguar cruza la calle, no hay problema es de madera.
Una gran maloca con decenas de puestos en la que parece repetirse el tipo de artesanías aunque cambia el rostro de quien vende; la otrora casa caliente en la que la teja de lata se encargaba de secar la madera, las semillas y a los visitantes se ha convertido en la bodega. James se convierte en mi guía, me pregunta si mambeo, me lleva a donde John quien me dará alojamiento no sin antes pedirme ir a visitar al Curaca; Macedonia tiene más de 800 habitantes, como Mocagua tiene ticunas, yaguas y cocamas, sus callecitas recorren un relieve rico en el que el grado de inclinación da lugar a que se creen pistas para que los niños practiquen el streetboarding.
En Macedonia la mayoría evangélica ha creado un pueblo sin alcohol ni cigarrillo, a su colegio vienen niños de las comunidades vecinas, algunos incluso, los de San Martín viajan cada mañana una hora en peque peque (canoa con motor pequeño) para poder estudiar.

Me hospedo en la casa de John yerno del rector del colegio, es el hotel de los profes, allí conozco a Gamaliel el deportista y Armando el arquitecto, par de locos, el primero de acento caleño a pesar de ser leticiano viaja hasta el Vergel para poder beber; el segundo un profe de artes, pastuso quien me pregunta si he mambeado, a él le dicen mambe y me cuenta la historia de su vida, de su paso por el cartucho, por las drogas, por un cáncer del que lo sacaron las limpias con yagé y la esposa cubana (la misma que conocí en el avión)…

Mambe.
Insistente Armando me convence, no sin antes explicarme que se trata de un ritual de la etnia de sus ancestros, que el ambil es masculino la coca femenino, que la coca es diferente a la cocaína, que es una pizca de esto, que se hace una bola, que deje de respirar con la boca, que me tranquilice y que sienta la magia, que sienta el paso a la cuarta dimensión, así, frente a un bello lago repleto de victorias y libélulas, tomo una pizca de ambil, mientras lo paso recuerdo que equivale a 5 cigarrillos y su proceso de fabricación, luego la coca, media cucharada de un polvo verde con sabor tostado, trato de conectarme, de sentir la magia, trato de hacer la bola, mantenerla en el paladar, de que no se haga agua, la única magia que sentí fue un leve cosquilleo y adormecimiento de la parte interna de la boca…luego al leer el Río me dí cuenta que a Shultes le pasó lo mismo cuando probó el peyote…no sintió nada.

Otra tarde de zancudos, de arenillas, de mosquitos, otra noche en que descubro que tengo muchas picadas, de al menos seis tipos diferentes de insectos, otra noche en otra hamaca.
A punto de partir me muestran el fruto del huito, un indígena quien me pregunta por tercera vez en este sitio si mambeo, me siento culpable, le digo no, porqué…luego de dos días lo entiendo, mis chachetes ya notorios han aumentado con este clima, “amigo es que se te hacen unas bolsas como a los que mambean”….mierda me engordé…
El Vergel

El campeonato de futbol dio la bienvenida, tres partidos simultáneos y un único narrador con la habilidad de cantar un penalty al tiempo que saluda a los ganadores de un partido y regaña al arbitro de otro partido.

Un pueblo con menos de 180 habitantes, con tan sólo tres casas, de este lado del mirador y unas cuantas del otro, a oscuras y sin energía se embriagan los profes de Macedonia, desde el mirador se ve la isla de Mocagua, Esteban el guía más divertido del viaje se burla de mí en todo momento, la ausencía de comida típica, de un hogar donde comer, me lleva a los enlatados peruanos y brasileros que sinceramente no recomiendo.
Camino en la noche, el puente que luce colgante se convierte con el día en un sendero cubierto en techo de palma que sube de un pequeño lago, de morichales y pepiaderos donde se juntan los animales; de noche en el mirador, de un lado el Amazonas, del otro la selva, las pequeñas luces de velas que apenas se dejan ver, la callecita, la única callecita que recorre sinuosa el terreno como una montaña rusa. Los insectos, nuevamente los insectos y una hamaca esta vez modelo militar solo que dormiré en la cocina.
Al amanecer el baño esta vez en una quebrada cuyo nombre nunca supe.
Zaragoza.
Luego del desayuno, patacones pequeños como cereal con café, Esteban me lleva en su peque peque, pasamos por las playas mientras me cuenta que antes el Río no bajaba tanto, me señala un punto donde hace unos días la playa unió la isla con la orilla, de forma que se pasaba caminando, son más de 700m; me señala la otra orilla donde el río se llevó una isla peruana tan ancha que el bosque que tenía ocultaba tras de sí un pueblo.

Llego a Zaragoza, son las 11:00am, la comunidad luce solitaria pues las familias están en las chagras, aquí no habrá comida, nuevamente enlatados, hablo tres horas con el señor de la única tienda, me cuenta sus historias en las que a punta de medicina tradicional recuperó a su hija, su esposa y su pié, sus peleas con los médicos que le sacaron toda la sangre de su padre por una leucemia y lo mataron; me habla de la bonanza cocalera, me entero de cómo estas tierras ribereñas fueron en los 80 grandes haciendas de narcotraficantes que se extendían desde Leticia hasta Puerto Nariño “y ves jefe el poder de la selva, la selva se lleva lo que es suyo”, apenas 20 años después los extensos potreros perdieron la batalla contra el bosque.
Me cuenta que estas comunidades son nuevas, que a lo sumo tienen 39 años, que siguen peleando por su territorio, que las fincas vecinas están entre la extinción de dominio y la venta a terceros.
Zaragoza es otra comunidad similar, aquí las calles son más cuadriculadas, no hay energía, lo olvidaba, en ninguna comunidad hay acueducto ni alcantarillado, aquí viven con la ilusión de que les llegue el turismo, hasta el momento lo más parecido a turistas son tres estudiantes y yo (también estudiante).
En la tarde Edulvey me recibe en su casa, me hospedaré allí, estreno hamaca y toldillo, llevaban tres años guardados esperando al gringo, para Edulvey todos los extranjeros son gringos, para él yo era gringo, si no, lo eran mis padres, o al menos mis abuelos, dice Bones que le debería explicar que en Boyacá y Santander somos así, pero es que hablar de Nicolás de Federman y de Leo Von Lengerke es algo que me tomaría horas…
La hamaca colgada en un patio, el toldillo que deja ver la noche y las estrellas, el ruido del perro bajo el suelo, nunca supe si eso que veía correr por el techo y las paredes eran micos o ratas, finalmente y súbitamente me dormí.
Pruebo sardinas asadas de cena y al desayuno caldo de sardinas, nuevamente me siento Antonie Burdain. Los insectos de otras noches, la falta de energía de los otros poblados, la falta de agua, la necesidad de una ducha.
Nuevamente baño en el Amazonas y la espera de 4 horas hasta que una lancha al fin se detiene y me lleva a Puerto Nariño, ese será mi descanso.
Puerto Nariño
Luego de varios días la ducha, el ventilador y el agua son lujos que extrañaba con locura, esta tierra de la que tanto les he hablado desluce hoy sus lagos, el Correo y Tarapoto están secos, lucen como valles de pasto verde claro. Recorro las calles bajo un sol inclemente, pero es mi descanso, busco un lote, quiero tener casa aquí, si es mi sueño, ese sueño que compartimos con Bones así a veces no me crea que es cierto.

Luego de varios intentos la montaña viene y yo voy, conozco a Ruperto quien posa junto a un gran jaguar, una de sus últimas obras, no puedo evitar comprar un par de sus objetos.

Palmeras
Es domingo, tomo el rápido de las 7:00 que me deja a la 7:15am en el puerto de Palmeras, Eugenio justo a quien necesitaba sin saber que lo necesitaba está en el puerto, es un hombre de 50 años, lleva 20 trabajando en ecoturismo, aunque hace 3 años que no les va nadie, recorro la más pequeña de las comunidades, hablo con los lugareños.
Pedro me habla, me cuenta que vivió en Bogotá y le gustó, era vendedor ambulante, "pero me gusta más aquí, aquí vivo feliz tenga o no tenga plata, aquí si no hay comida la siembro, sino hay comida pesco y si tampoco hay la comunidad me regala...aquí no hay que correr, cultivo piñas y plátanos…". Me señala las piñas, para quien no las conoce son más grandes y alargadas que las que todos conocemos, recuerdo que no me gusta, pero que en los últimos días ha sido parte de mi dieta.

En menos de media hora he cumplido el cometido, el siguiente rápido es a las 11:00, Eugenio me dice que baje en un peque peque, espero media hora a que carguen los plátanos y piñas que venderán en Puerto, así, partimos en medio de un fuerte sol que me termina de tostar el cuero cabelludo, lentamente avanzamos hacia Puerto mientras observo las orillas del Río, si voy por el Amazonas más seco que nunca mientras veo muy cerca árboles completos que se ha llevado a su paso, pienso en esta calma en el placer de lo que hago, en la fortuna de estar aquí, no importa que sea tesis, no importa que este viaje lo pague yo, quizás en premio a este agradecimiento a la vida, delfines rosados aparecen frente a nuestra pequeño bote…no me pidan fotos de delfines, creo que hay un acuerdo tácito, ellos se dejan ver solo si no les tomo fotos.
San Martín de Amacayacú

Dicen que lo mejor se da al último, no les hablaré de los muchos delfines que se vieron, ni de la cara de emoción de los alemanes al verlos. Muy temprano Carlos motorista y guía me recoge y de paso le dice a mis vecinos de hotel, que nos veremos en San Martín, se trata de una alemana y un polaco tan fríos como el blanco de su piel; el dolor de mi píe derecho impide que camine esas 4 horas de trocha de forma que en peque peque salimos Amazonas abajo, tomamos uno de sus afluentes hacia arriba, la quebrada Amacayacú, la marcha se hace lenta pues el verano casi la ha secado, a medida que avanzamos se observan las capas de playa en los costados, metros en los que la fuerza del río acelera el tiempo, árboles completos desprendidos de raíz.

Poco después una abuela nos saluda se quedó sin gasolina, Carlos no tiene ni la puede remolcar pues los palos no dejan andar más de 30 metros tranquilamente… la llegada a un pueblo disperso, con media callecita en cemento, un indígena semi desnudo de piel casi terracota que se apoya en una vara para impulsar su canoa, pienso en que algo así vieron los primeros visitantes; Azuley, el abuelo fundador del pueblo quien trabaja desde el 57 en turismo, me recibe, su mirada afable me acompañó por su comunidad, me cuenta cómo la fundó, que fue curaca 24 años, su hijo es el rector de la escuela, conoce Bogotá, Perú, Ecuador y Brasil, me habla de la historia de la guerra con Perú, de la segunda guerra mundial, me muestra el proceso de la fariña, me lleva a la casa del artesano, me habla en un español excelente que se pierde cuando habla con sus coterráneos en ticuna, si, todos hablan ticuna entre si. El tiempo ha pasado he cumplido mi cometido y la ruta de regreso se hace más rápida.

Regreso a Puerto Nariño, a ver tarde de danzas, a observar a holandeses que no entienden lo que pasa. Ya se acaba este viaje voy a hablar con el Curaca, quien me cuenta 10 historias de peleas y de defensa de su grupo, de los indígenas, nos tomamos una foto.

Regreso a Leticia
Nuevamente la Isla de la Fantasía y sus cientos de metros con las maletas y el sol quemante de medio día, ese mismo sol que me impide hacer dos entrevistas, vuelvo a la tecno, hoy veré a Bones.
Se llegó el último día, 6 horitas nada más, muy de chepas veo a Ismenia quien me invita a los Kilómetros a mostrarme un parque temático, que como todos los que ultimamente conozco, no tienen tema... un sendero de dos horas casi acaba con Ismenia, es que el sol y ese calor a su edad ya no son buenos.
Ya es la tarde es el regreso y de nuevo en un avión, los monólogos que nunca se van. Extraño el Supermassive Black Hole en mi celu, extraño la piel, la espalda, extraño el calor en las noches... no extrañaré este calor de Amazonas.
Pienso en estos días sin energía, sin agua, llenos de insectos y hamacas, pienso si me estoy volviendo flojo; recuerdo la cara amable de los indígenas y como dan lo mejor de si al visitante, pienso en que en todos lados fui el gringo, cuando ni siquiera he estado en EEUU...

Quiero creer
Sueño que sueño, sueño que leen mi blog y lo comentan, me despierto pues me he dado cuenta que es imposible que sueñe y sueñe dentro de los sueños…
Algunas veces, no, está bien lo acepto, muchas veces sueño con que esta vez sea cierto, sueño con que sepas lo que soy y lo que siento, lo que eres para mí, sueño con que yo sea lo mismo para ti, sueño contigo. Creo en lo nuestro.

3 comentarios:
CONOZCO EL AMAZONAS QUE ME MUESTRAS Y ME ENAMORO DE ESE PAISAJE...VIAJO JUNTO TI LEYENDO CADA LINEA, CADA APARTE DE TU RELATO,
ME PERMITE SOÑAR QUE ESTOY EN ESE PARAÍSO GRACIAS..........
GRACIAS POR COMPARTIR LO QUE VES Y LO QUE SIENTES
HOLA SOY PERUANO DE LIMA PERU GRACIAS POR MOSTRAR TU CULTURA AMAZONENSES Y ESA LINDA COMUNIDAD DE MOCAGUA AMAZONAS COLOMBIA TE CUENTO QUE TENGO RAISES EN ESA COMUNIDAD CON LA FAMILIA LEO MOZOMBITE TENGO UNA NINA DE MADRE TICUNA Y ME SIENTO ORGULLOSO DE SABER QUE UN COLOMBIANO COMO TU RECONOCE SUS REGIONES LA FOTO ME HISO RECIRDAR MUCHASAS AVENTURAS MI HIJA Y MI MIJUER ESTAN EN LIMA GRACIAS DE PARTE DE NOSTROS CHAU
Gracias por sus buenos comentarios, bienvenidos siempre a este blog :)
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