En una posada nativa en el centro de San Andrés el vaivén de las palmas por el fuerte viento, da la sensación de estar durmiendo en la playa y que las olas te fueran a cubrir.
Amanece lloviendo, a las 6:00 am en el aeropuerto para que me digan que la reserva está mal y debo volver a las 9:30. Busco desayuno y por supuesto no hay nada abierto, una arepa con huevo y un café salvarían la mañana.
De ateos y dioses en vuelos movidos
La lluvia se hace más fuerte y debemos subir a la avioneta, el auxiliar de vuelo nos dice que los chalecos salvavidas están en una bodeguera de la parte trasera de la avioneta, que en caso de emergencia él hará no sé qué maroma para llegar hasta ellos, porque de su silla solo se puede salir cuando el avión aterrice.
Carreteo, la lluvia no deja ver siquiera el fin de la pista, despegamos y San Andrés es una mancha gris, no se ve el arrecife, ni la ciudad, dos minutos después volamos en un espacio blanco como si fuéramos en un 4x4 por las montañas de Samaná (Caldas).
El avión tiene gotera, que sumado a la turbulencia y al fuerte aguacero, lleva a tres francesas sentadas cerca, a que me hablen para preguntarme si les puedo ayudar; no mojarse es la excusa frente al miedo de que el avión se rompa por ese hueco.
...Me acuerdo entonces de la de la frase que dice que "son ateos hasta que el avión se empieza a caer", no soy ateo, soy pagano, me pregunto en esos momentos ¿si Jesucristo realmente existe, un pagano llegaría al cielo?...recuerdo que para el dios cristiano yo no tendría cabida en el cielo, es monoteísta y exige fidelidad, llega primero un asesino. Vuelvo a mi diosa la naturaleza, al fin y al cabo, ya estoy en el cielo en ese momento.
20 minutos después nos dicen que vamos aterrizar, de aquellas imágenes de un mar de siete colores mi último vuelo a este lugar, paso a un viaje en el que solo hasta el último minuto veo la pista entre el manglar y la pequeña montaña.
La memoria juega con nuestro pasado
Recuerdo claramente la primera vez que vine hace poco más de 10 años, recuerdo el aeropuerto mas pequeño, recuerdo a Arlis esperándome. En la fila todos estaban felices, salvo Arlis quien antes de subirnos en el taxi no se aguantó el mal genio y me preguntó si era pasante, con mi respuesta y la explicación de lo que hacía, la conversación se tornó amable y hoy somos buenos amigos. La memoria juega, no recuerdo otros viajes a Providencia, salvo que hace 6 años conocí una iniciativa de turismo comunitario.
Tomo el taxi que me lleva a la reunión a la que llego dos horas tarde por el error en la reserva, al llegar son mas facilitadores que pescadores, a pesar de que llego tarde, los pescadores llegan mas tarde y casi a medio día podemos comenzar, había olvidado también que no entiendo casi nada de creole y que algunos raizales prefieren el inglés al español.
Almuerzo rápido en la mesa de reunión y salimos, los demás a practicar pesca deportiva, y yo a entrevistar personas, no desaprovechó la oportunidad para visitar el malecón, para tratar de tomarle fotos a las aves pescadoras, a las que se la pasan en el manglar, la verdad creo que le hice fotoestudio a una garza gris que me persigue en todos los manglares que recorrí.
Con la noche llega el encuentro con los demás consultores, se presentan los dos que no conozco, economista y productor audiovisual, se unen a un biólogo que se transforma en antropólogo fotógrafo, vamos al restaurante de Martin, uno de los mejores de la isla. El paso de los estudiantes de quinto semestre aun sigue en el tablero.
Al día siguiente mi trabajo consiste en hacer dos entrevistas, antes paso a Santa Catalina, la primera vez que vine me quedé en esta pequeña isla con menos de 20 casas en la única calle que tiene. Recuerdo que hay un sendero a la Cabeza de Morgan, desde donde en aquel primer viaje todos se lanzaron hacia el mar mientras Arlis me miraba mal para descubrir luego mi fobia al agua. Esta vez no alcanzo a llegar hasta allá, pero en el cerro del cañón un camarógrafo me muestra a un tranquilo lagarto descansando, llego a la playa que cuando la marea esta baja se convierte en nudista, aunque en las veces que he venido nunca hay turistas.
Con las entrevistas hechas me regreso a almorzar con Arlis, adelantamos cuaderno, pues en estos diez años, muchas cosas han pasado, ella se divorció, se casó nuevamente y nuevamente es madre. Su hija mayor termina el bachillerato, Arlis se ganó un concurso culinario se fue a Asia, pero también se enfermó, por eso la Arlis que recordaba es ahora una mujer mucho más esbelta. La tarde es para ajustar y preparar el taller conferencia, han pedido tantos temas que tomógrafo la decisión de no hacerles caso y mejor hacer algo muy práctico. La cena es ahora en Café Studio.
Los dos días siguientes serían para caminar en las mañanas y en las tardes hacer taller-conferencia. En las caminatas veo la riqueza cultural de la isla, visitar Providencia es como estar en un país diferente, con su propia lengua, donde niños y abuelos andan sin camiseta y con rastas, donde las mujeres exhiben orgullosas sus trenzas. También veo las maravillas de este paisaje que combina un mar repleto de colores, con corales, manglares, montañas verdes, lagartijas de diversas especies y una arquitectura propia.
En los almuerzos y cenas escucho a los consultores, veo en sus palabras las preocupaciones propias de su juventud, menores de treinta han estudiado y vivido fuera, intento hacer un paralelo con mi vida hace 14 años, pero su acercamiento a los temas sociales y ambientales dista mucho del mío. Llegaron como oportunidad de negocio, porque piensan que aquí hay oportunidades para crecer económicamente, las comunidades los necesitan.
Entonces me hablan de sus clases en Europa donde los enseñaron a ser más competitivos, a matarse en el trabajo, me preguntan con cuánto me quiero pensionar y cuánto debería estar ganando... bostezos mentales. Luego se quejan de los precios de la comida y el transporte en la isla; les digo que disfruten la vida, que disfruten la comida, el paisaje y la cultura que nos brinda el trabajo, que yo hago de mis viajes laborales una experiencia agradable, por eso siempre busco los mejores restaurantes de comida tradicional y trato de conocer... lo máximo que logré fue llevarlos a comer caracol y langosta donde Miss Emma y en El Divino Niño, y convencerlos de que 22 $US son muy poco por una langosta completa.
Últimas horas, no he visto la lagartija azul ni la "bluegreen lizard", programo una caminata con un par de guías raizales, pero la mañana lluviosa hace cambiar de planes. Salgo a caminar hacia el otro lado, es dar la vuelta en sentido contrario pues Providencia tiene una carretera en forma de anillo. La arquitectura es lo primero que fotografío, me encantaría vivir en una de estas casas en madera, en medio de jardines con bellos árboles alrededor, el manglar a lo lejos, el mar y el arrecife se ven desde aquí. Me meto en un pequeño camionaje lleva a un mirador donde encuentro las bellas lagartijas, la vida y el trabajo siempre me sonríen, o al menos eso pienso.
La vida es lenta, los días comienzan a las 8:00, de 12:00 a 3:00 se descansa, se trabaja hasta las 6:00, los raizales conservan su lengua, sus rastas y sus cortes de pelo, sonríen, tienen la calidez del trópico, Providencia tiene también problemas con el turismo, pero a diferencia de Puerto Nariño, se organizaron hace años y los locales son dueños de los negocios, de las posadas y restaurantes, desde luego con diferencias entre ellos, Providencia conserva su sabor, su esencia quizás porque hace años blindaron su territorio, y aunque a veces llega el mochilero jipipandroso a vender artesanías o a cantar para pedir monedas, rápidamente la fuerza de la comunidad los ha sacado.

















